Belém

En Belém la brisa atlántica, los grandes monumentos y los barcos que surcan el ancho Tajo transportan al viajero a la era de los descubrimientos, cuando buena parte del mundo era colonia portuguesa. Al atardecer, cuando hay menos gente y una luz suave y dorada baña las torrecillas manuelinas del monasterio, este barrio ribereño queda a merced del viajero que lo quiera recorrer.

Lo mejor en un día

Hay que madrugar para ir a ver la estrella de Belém, el sublime Mosteiro dos Jerónimos, y disfrutar de la iglesia y el claustro manuelinos (casi) a solas. Acto seguido, se visita el Museu Nacional dos Coches, una colección de carruajes de cuento de hadas.

Se almuerza al fresco en uno de los bistrós con vistas al parque de Rua Vieira Portuense. La tarde se puede dedicar al arte con Warhol, Picasso, Miró y compañía en el contemporáneo Museu Colecção Berardo, y después explorar el gran pasado marítimo de Portugal visitando el icono de la era de los descubrimientos, la Torre de Belém (fotografía izda.

No hay que perderse la puesta de sol sobre el Tajo con una copa en la apacible azotea del Bar 38° 41’ en Doca do Bom Sucesso. El día se termina con la cocina imaginativa de Feitoria, frente al río y con estrella Michelin, o tomando vinos y platos típicos portugueses en la recogida Enoteca de Belém.

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