Historia de Malta

Habitadas durante milenios, las diminutas islas maltesas tienen una historia muy intensa y la arquitectura prehistórica más refinada del mundo. Su destino ha sido modelado por la geografía: los puertos naturales y una posición privilegiada han atraído a los fenicios, los romanos, los árabes y los normandos. No obstante, los colonizadores más influyentes fueron los Caballeros de San Juan, que ejercieron el poder hasta la llegada de Napoleón. Más tarde, bajo el dominio británico, Malta mostró una valentía increíble en la II Guerra Mundial, y alcanzó por fin la independencia en 1964.

El misterio de los constructores de templos

Unos 1000 años antes de la construcción de la gran pirámide de Keops en Egipto, el pueblo de Malta transportaba megalitos de hasta 50 toneladas y creaba complejos edificios cuya orientación parece relacionada con la salida del sol en el solsticio de invierno. Los templos megalíticos malteses erigidos entre el 3600 y el 2500 a.C. son las estructuras exentas más antiguas que se conservan en el mundo. Se cree que sus constructores eran descendientes de los habitantes neolíticos de la isla, no colonizadores nuevos, pese a que da la impresión de que empezaron a levantar estas estructuras de forma repentina.

Por lo visto, aquella fue una época pacífica, quizá por el aislamiento geográfico de la isla, puesto que no quedan vestigios de estructuras defensivas. La sociedad que construyó estos templos debió de haber sido refinada, tal como indican las proporciones y complejidad de los edificios, así como la delicadeza de sus esculturas y elementos decorativos (casi todos se exponen hoy en el Museo Nacional de Arqueología de La Valeta). Los constructores eran también lo bastante ricos para pagar unos materiales y un trabajo extra que excedían las necesidades de la vida cotidiana. Aunque el grueso de los materiales procedía de la región, con frecuencia eran transportados desde una distancia aproximada de 1 km. Se cree que las enormes losas eran desplazadas haciéndolas rodar sobre rocas esféricas a modo de cojinetes; estas piedras han aparecido en los yacimientos. A los edificios se les ha denominado “templos”, pero, aunque existen indicios de actividades rituales, no se sabe con certeza su función. La causa de que la población se extinguiera sigue siendo un misterio; algunas teorías lo achacan a inundaciones y hambrunas, a una epidemia o a un ataque exterior, o a una combinación de todos estos factores. Sea como fuere, parece que la construcción de templos se interrumpió hacia el 2500 a.C. Más tarde, estos se deterioraron y la posterior cultura de la Edad del Bronce fue completamente distinta, lo que se hace extensivo a sus costumbres (p. ej., preferían la cremación a los enterramientos) y a sus obras de arte, más toscas.

Avanzada comercial

Fenicios y romanos

Con el progreso de la navegación marítima aumentó también la importancia de Malta. Como a los barcos de la Antigüedad les resultaba imposible navegar de noche o emprender travesías largas e ininterrumpidas, Malta era el lugar ideal para recalar en cualquier viaje entre la Europa continental y África.

Desde cerca del 800 hasta el 218 a.C., Malta estuvo gobernada por los fenicios, y, durante los últimos 250 años de este período, por Cartago, la principal colonia norteafricana de Fenicia. En la Malta actual perdura un legado de dicho período: con sus ojos vigilantes pintados en la proa, las barcas de pesca maltesas –el luzzu y el kajjik– parecen diferir poco de los barcos mercantes fenicios.

Durante la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.), Roma se apoderó de Malta antes de arrasar definitivamente Cartago en la Tercera Guerra Púnica (149-146 a.C.). A la isla se le otorgó entonces la condición de municipium (ciudad libre), con poder para controlar sus asuntos y enviar un embajador a Roma. Sin embargo, existen pruebas de que Malta conservó influencias púnicas. El historiador del s. I a.C. Diodoro Sículo describe la isla como colonia fenicia, y el relato bíblico del naufragio de san Pablo en Malta en el 60 d.C. se refiere a los isleños como “bárbaros” (es decir, que no hablaban latín ni griego). Además, el naufragio de san Pablo llevó el cristianismo a las islas.

Parece ser que Malta prosperó bajo el dominio romano. La ciudad principal, llamada Melita, ocupaba los altos de Mdina y se extendía por una zona que triplicaba el tamaño de la ciudadela medieval posterior. Los restos de casas, villas, alquerías y baños indican que sus habitantes gozaban de una vida acomodada y se dedicaban a la producción de aceitunas, trigo, miel y uvas.

Islam

Con la rápida expansión del islam entre los ss. VII y IX surgió un imperio que se extendía desde España hasta la India. Los musulmanes invadieron Sicilia en el 827 y la conquistaron en el 878; Malta fue tomada en el 870. Tanto Malta como Sicilia permanecieron en su poder hasta fines del s. XI. Trataron con tolerancia a la población cristiana y ejercieron una poderosa influencia sobre el maltés; aparte de Malta y Gozo, a los que se atribuyen raíces latinas, casi todos los topónimos malteses datan de este período.

Normandos

Durante 400 años después de la conquista normanda de Malta y Sicilia (1090-1091), las historias de estas dos islas mediterráneas estuvieron unidas: sus gobernadores fueron una sucesión de normandos, angevinos (franceses), aragoneses y castellanos. Malta continuó siendo un peón menor en el ajedrez europeo, con una población relativamente pequeña que pagaba sus impuestos mediante el comercio, la trata de esclavos y la piratería, y que a su vez cobraba en especie de los corsarios turcos y berberiscos. Esta era la situación cuando llegaron los Caballeros de San Juan, a quienes Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, había cedido las islas, para gran pesar de los isleños. Los caballeros gobernarían Malta hasta la llegada de los franceses en el s. XVIII.

Oriente contra Occidente

A cambio de un halcón

Durante el reinado de Carlos V, Malta pasó a formar parte del inmenso Imperio español. Una de las mayores amenazas para la corona fue la expansión del Imperio otomano de Solimán el Magnífico. El sultán había expulsado a los Caballeros de San Juan de la isla de Rodas, su bastión entre 1522 y 1523. Cuando los caballeros suplicaron al emperador que les encontrara una nueva morada, el soberano les ofreció Malta junto con el gobierno de Trípoli, con la esperanza de que ayudaran a contener a las fuerzas navales turcas en el Mediterráneo oriental. La renta simbólica serían dos halcones al año: uno para Carlos V y otro para el virrey de Sicilia. Por tanto, Malta estaba en el centro de una lucha entre dos filosofías religiosas, el islam y la cristiandad, y se convirtió en sede de una de las batallas más intensas entre Oriente y Occidente, que iba a conformar el futuro de la nación y el paisaje actual de la isla.

El Gran Sitio de 1565

El Gran Maestre Philippe Villiers de L’Isle Adam (1530-1534) no quedó particularmente impresionado por el regalo de las islas maltesas, que le parecieron baldías, sin agua y mal defendidas. Tampoco se impresionaron los 12 000 habitantes, y la aristocracia se mantuvo apartada en sus palacios de Mdina. Sin embargo, decididos a aprovechar la coyuntura y esperanzados en regresar algún día a Rodas, en 1530 los caballeros se establecieron en el pueblo pesquero de Birgu (hoy Vittoriosa), por el lado sur del Gran Puerto, y se dedicaron a fortificar sus defensas.

Mientras permanecieron en Rodas, los caballeros habían sido una pesadilla constante para los otomanos. En Malta su peor adversario era el almirante turco Dragut Reis, que invadió Gozo en 1551 y se llevó esclavizados a sus casi 5000 habitantes. No mucho después, en 1559, los caballeros perdieron la mitad de sus galeras en un desastroso ataque a la guarida de Dragut en la isla de Djerba (Túnez). Solimán el Magnífi co vio la oportunidad de aniquilarlos, apoderándose al mismo tiempo de Malta para que le sirviera de base desde donde invadir Europa.

Jean Parisot de la Valette, Gran Maestre entre 1557 y 1568, era un militar con experiencia; previendo la amenaza de un asedio turco, se preparó para hacerle frente renovando el fuerte St. Angelo y construyendo los fuertes St. Michael y St. Elmo. La flota de galeras fue trasladada al arroyo que corre bajo Birgu y se cerró la entrada del puerto con una gran cadena, tendida entre los fuertes St. Angelo y St. Michael, para protegerlo de las naves enemigas. Se hizo acopio de comida, agua y armas, y La Valette envió despachos urgentes solicitando socorro al emperador, al papa y al virrey de Sicilia; pero no llegó ayuda alguna. En mayo de 1565, cuando arribó una flota otomana con más de 30 000 hombres para sitiar la isla, La Valette tenía 70 años y mandaba una fuerza de tan solo 700 caballeros y unos 8000 soldados irregulares, malteses y mercenarios.

La fuerza turca, comandada conjuntamente por el almirante Piali y el visir Mustafá Pashá, fondeó en la bahía de Marsaxlokk, y sus soldados acamparon en la llanura de Marsa. Toda la población de Malta se refugió tras las murallas de Birgu, Isla y Mdina, llevándose consigo el ganado después de envenenar pozos y cisternas. Los turcos empezaron su campaña con un ataque al fuerte St. Elmo, que custodiaba la entrada al Gran Puerto y al puerto de Marsamxett. El fuerte era pequeño, sin más guarnición que 60 caballeros y unos cientos de hombres; Mustafá Pashá confiaba en que caería antes de una semana. A pesar del cañoneo continuo y de repetidos asaltos en masa, el fuerte resistió más de cuatro semanas y se cobró las vidas de 8000 soldados turcos antes de ser tomado. Cuando el fuerte cayó por fi n, no quedó vivo ni uno solo de los defensores cristianos.

Contemplando la mole del fuerte St. Angelo, se cuenta que Mustafá Pashá masculló: “¡Por Alá! Si un hijo tan pequeño nos ha costado tan caro, ¿qué precio habremos de pagar por un padre tan grande?”. Con la esperanza de intimidar a los ya desmoralizados defensores del fuerte, el visir mandó decapitar a varios de los caballeros más señalados y colocar sus cabezas sobre picas mirando hacia Birgu. La respuesta de La Valette fue inmediata e igual de cruel: decapitaron a todos los prisioneros turcos y las cabezas se usaron como balas de cañón, disparadas desde el puerto al fuerte St. Elmo.

Entonces empezó el asalto final a las fortalezas de Birgu e Isla: los turcos lanzaron al menos 10 ataques masivos, pero todos fueron rechazados. La moral turca estaba minada por el largo y caluroso verano, el número de bajas y la posibilidad inminente de tener que pasar todo el invierno en Malta (la época para navegar por el Mediterráneo terminaba por tradición a finales de septiembre). La ferocidad de sus ataques disminuyó. El 7 de septiembre llegaron por fi n desde Sicilia las tropas prometidas a los caballeros; 28 barcos atracaron en la bahía de Mellieħa y los 8000 hombres que transportaban se apoderaron de los altos que rodean Naxxar, mientras los turcos embarcaban en Marsamxett.

Al ver la inesperada exigüidad de las fuerzas cristianas, Mustafá Pashá ordenó que parte de sus tropas desembarcara de nuevo en la bahía de St. Paul mientras el resto marchaba hacia Naxxar. Pero las tropas turcas, cansadas y desmoralizadas, no tenían ánimo para enfrentarse a estos soldados, frescos para la batalla; dieron, pues, media vuelta y corrieron hacia las galeras; miles de otomanos fueron abatidos en las someras aguas de la bahía cuando intentaban escapar. Aquella noche el estandarte de la Orden de San Juan volvió a ondear en las ruinas de St. Elmo.

El papel desempeñado en el Gran Sitio por el pueblo de Malta suele pasarse por alto, pero lo cierto es que su valor y resistencia fueron determinantes en la derrota turca. Además de los 5000 soldados malteses que defendían la plaza, las mujeres y los niños contribuyeron proporcionando comida y munición, y atendiendo a los heridos. El 8 de septiembre, día en que terminó el sitio, se conmemora todavía como el Día de la Victoria.

Del heroísmo al hedonismo

Los Caballeros de San Juan eran ahora aclamados como los salvadores de Europa. Monarcas agradecidos los colmaron de dinero y honores, y empezó la construcción de la nueva ciudad de La Valeta –así llamada en honor al héroe del sitio– y de sus enormes fortificaciones. Aunque hubo esporádicas incursiones, Malta nunca volvió a verse seriamente amenazada por los turcos.

El período posterior al Gran Sitio se caracterizó por el auge de la construcción, no solo de nuevas fortificaciones y torres vigía, sino también de iglesias, palacios y auberges (residencias). El ingeniero militar Francesco Laparelli fue enviado a Malta por el papa para proyectar las nuevas defensas de La Valeta, y llegaron artistas italianos para decorar las iglesias, capillas y palacios. La afluencia de nuevos caballeros, ansiosos por ingresar en la ahora prestigiosa Orden, llenaron las arcas del erario. El Gran Maestre Jean de la Cassière (1572-1581) supervisó la construcción del nuevo hospital –la Sacra Infermeria– y de la concatedral de San Juan.

En años posteriores, y conjurada ya la amenaza turca, los caballeros se ocuparon menos de la milicia y el monacato, y más de la piratería, el comercio, la bebida y los duelos. Tras ser expulsados de Malta por Napoleón en 1798 y perder sus posesiones francesas, los caballeros se refugiaron primero en Rusia y después en Italia. Después de varios años de incertidumbre, por último establecieron su cuartel general en el Palazzo di Malta (la antigua embajada de los Hospitalarios) en Roma. La Orden ha pervivido hasta hoy; el inglés fray Matthew Festing es Gran Maestre desde el 2008. 

Eslabón militar

Napoleón en Malta

En el período que siguió a la Revolución Francesa, el Gran Maestre Emmanuel de Rohan (1775-1797) costeó a Luis XVI su fallido intento de huida de París. A finales del s. XVIII, unas tres cuartas partes de los ingresos de la Orden provenían de los caballeros de la langue francesa; cuando las autoridades revolucionarias confiscaron todas sus propiedades en Francia, la Orden se vio en graves apuros financieros.

En 1798 Napoleón Bonaparte llegó a Malta a bordo de su buque insignia L’Orient al frente de la Armada francesa, de camino a Egipto para contrarrestar la influencia británica en el Mediterráneo; exigió que se permitiera aprovisionarse de agua a sus barcos, pero los caballeros se negaron. Los franceses desembarcaron y tomaron la isla sin apenas librar combate; muchos de los caballeros estaban coaligados con los franceses, y los malteses eran reacios a presentar batalla. El 11 de junio de 1798 la Orden se rindió a Napoleón. Este permaneció en Malta solo seis días (en el Palazzo Parisio en La Valeta), pero cuando se marchó, L’Orient iba cargado de plata, oro, pinturas y tapices expoliados en las iglesias, los auberges y la enfermería de la Orden. (Casi todo el tesoro acabó en el fondo del mar meses después, cuando la Armada británica a las órdenes de Nelson destrozó la flota francesa en la batalla del Nilo.) Los franceses abolieron, además, la aristocracia maltesa, borraron escudos de armas, desacralizaron iglesias y cerraron monasterios.

Napoleón dejó tras de sí una guarnición de 4000 hombres, pero un espontáneo levantamiento de los malteses los tomó desprevenidos y tuvieron que retirarse intramuros de La Valeta. Una delegación maltesa recabó ayuda de los británicos, que impusieron un bloqueo naval. La guarnición francesa capituló en septiembre de 1800, y el Gobierno británico, tras haber tomado Malta, no supo a ciencia cierta qué hacer con ella.

Dominio británico

El Tratado de Amiens (marzo de 1802) estipulaba la devolución de Malta a la Orden de los Caballeros de San Juan, pero los malteses, que no querían la Orden de vuelta en la isla, pidieron a los británicos que se quedaran. Sus ruegos cayeron en oídos sordos y se firmaron acuerdos para que la Orden regresara. Sin embargo, al estallar de nuevo la guerra entre Gran Bretaña y Francia en mayo de 1803, y frente al bloqueo del comercio impuesto en los puertos europeos, el Gobierno británico cambió rápidamente de opinión sobre la posible utilidad de Malta.

Con los últimos coletazos de las guerras napoleónicas, Malta no tardó en convertirse en un próspero enclave comercial, y con la firma del Tratado de París en 1814 obtuvo reconocimiento formal como colonia británica.

El final de las guerras napoleónicas hundió la economía de Malta por la caída del comercio y la escasez de inversiones. Pero la suerte de la isla cambió durante la Guerra de Crimea (1853-1856), cuando la Armada británica la convirtió en una importante base naval y estación de suministro. Con la apertura del canal de Suez en 1869, Malta pasó a ser uno de los principales puertos carboneros en la ruta entre Gran Bretaña y la India.

A principios del s. XIX empezó también el desarrollo político de Malta. En 1835 se designó un Consejo de Gobierno integrado por ciudadanos eminentes para asesorar al gobernador y se implantó la libertad de prensa.

En la segunda mitad del s. XIX se gastaron sumas cuantiosas en mejorar las defensas y las instalaciones portuarias de Malta al convertirse en un enclave estratégico de la cadena de mando imperial, fomentándose, además, el comercio con la India y Extremo Oriente. En 1883 se construyó un ferrocarril entre La Valeta y Mdina que prestó servicio hasta 1931.

Durante la I Guerra Mundial, Malta funcionó como hospital militar y proporcionó 25 000 camas para los heridos en la campaña de Galípoli, en Turquía. Pero la guerra trajo aparejada la subida de los precios y los impuestos, y la economía decayó. Durante las protestas de 1919, cuatro ciudadanos malteses fueron abatidos por los soldados británicos y varios más resultaron heridos.

El Gobierno británico respondió al descontento popular concediendo más protagonismo a los malteses. La Constitución de 1921 creó un sistema de gobierno bicéfalo, con una Asamblea maltesa que dirigía los asuntos locales y un Gobierno británico que controlaba la política extranjera y la defensa.

II Guerra Mundial

El estallido de la II Guerra Mundial halló a Gran Bretaña indecisa sobre la importancia estratégica de Malta. La necesidad de defender la isla no parecía fundamental en un momento en que la propia Gran Bretaña estaba mal pertrechada. La amenaza italiana parecía lejana hasta la caída de Francia en junio de 1940. Así pues, Malta no estaba preparada ni defendida cuando el 11 de junio, un día después de que Mussolini entrara en guerra, los bombarderos italianos atacaron el Gran Puerto. Los únicos aviones de que disponía la isla eran tres biplanos Gloster Gladiator –bautizados Faith, Hope y Charity (fe, esperanza y caridad)– cuyos pilotos combatieron con tal tenacidad que los italianos cifraron las fuerzas del escuadrón maltés en 25 aparatos. Los Gladiators lucharon solos durante tres semanas hasta que llegaron escuadrones de cazas Hurricane para reforzar las defensas. Los restos del único avión que queda, Faith, pueden verse en el Museo Nacional de la Guerra en La Valeta.

Malta se convirtió en un portaaviones fortificado: una base para bombardear los barcos y puertos enemigos en Sicilia y el norte de África. Desde allí operaban submarinos que atacaban a los barcos de suministro italianos y alemanes. La importancia de Malta estaba igualmente clara para Hitler, que emplazó en Sicilia aviones de bombardeo en picado Stuka para forzar la rendición de la isla.

Malta pasó por su prueba más dura en 1942, cuando el país estuvo cerca de la rendición y la muerte por hambre; tan solo en abril cayeron unas 6700 toneladas de bombas en el Gran Puerto y alrededores. El 15 de abril, el rey Jorge VI concedió la Cruz de San Jorge –máxima condecoración británica al valor civil– a toda la población de Malta.

Así como la importancia de Malta para los aliados residía en su capacidad para romper las líneas de abastecimiento enemigas, su mayor debilidad era la dificultad para llevar suministros a la isla. En el verano de 1942, en lo más cruento del asedio, el gobernador hizo inventario de víveres y combustible e informó a Londres de que Malta solo podría resistir hasta agosto. Entonces se puso en marcha la llamada Operación Pedestal, consistente en el envío de un enorme convoy formado por 14 buques con provisiones escoltados por 3 portaaviones, 2 acorazados, 7 cruceros y 24 destructores para resistir el acoso de los bombarderos y submarinos enemigos. El convoy sufrió intensos ataques, y tan solo cinco buques llegaron al Gran Puerto; el averiado Ohio, con su preciado cargamento de combustible, arribó el 15 de agosto, amarrado entre dos acorazados.

Así Malta pudo continuar desempeñando su vital tarea de romper las líneas de suministro enemigas. Fueron tantos los convoyes alemanes con destino al norte de África destruidos por aviones y submarinos con base en Malta que al Afrika Korps de Rommel le faltaron combustible y municiones durante la decisiva batalla de El Alamein en octubre de 1942, lo cual contribuyó a la victoria aliada que marcó el principio del fin de la presencia alemana en la zona.

En julio de 1943 Malta sirvió de cuartel general operativo y base de apoyo aéreo a la Operación Husky, como se denominó la invasión aliada de Sicilia. La Armada italiana se rindió a los aliados el 8 de septiembre, tras lo cual el papel de Malta en la guerra perdió peso con rapidez.

De la independencia a la actualidad

La II Guerra Mundial dejó las islas con 35 000 viviendas destruidas y la población al borde de la inanición. En 1947 se les concedió a las islas, devastadas por la guerra, un cierto grado de autogobierno y 30 millones de libras esterlinas en concepto de daños de guerra para ayudar a la reconstrucción del país. Pero la reducción del gasto en defensa por parte de Gran Bretaña y la pérdida de empleos en el astillero naval levantaron clamores por una mayor integración en Gran Bretaña o un camino en solitario para las islas. El primer ministro desde 1955, Dominic (Dom) Mintoff, del Partido Laborista, se enfrentó a la Iglesia católica, a la que consideraba un obstáculo para el progreso, y propuso que Malta, en vez de independizarse, se integrara en el Reino Unido, con diputados propios en Westminster y nacionalidad británica para los isleños. El Gobierno británico se negó y Mintoff dimitió en 1958. El enfrentamiento con la Iglesia determinó sus posteriores derrotas electorales de 1962 y 1966.

El 21 de septiembre de 1964, con el nacionalista George Borg Olivier como primer ministro, Malta obtuvo por fi n la independencia. Siguió perteneciendo a la Commonwealth británica, con la reina Isabel II como jefa del Estado, representada en Malta por un gobernador general.

Dom Mintoff volvió al poder en 1971 y tres años después Malta se convirtió en república. En 1979, los vínculos con Gran Bretaña se redujeron aún más cuando Mintoff expulsó a los servicios militares británicos, declaró la neutralidad de Malta y firmó acuerdos con Libia, la URSS y Corea del Norte. El Gobierno adoptó medidas en materia de vivienda, nacionalizó industrias y amplió el alcance de la educación pública. Fortaleció las relaciones con el coronel Muamar el Gadafi y, en 1980, la URSS abrió una embajada en la isla. En 1984, Mintoff presentó su dimisión, aunque siguió siendo un diputado influyente. A su muerte en el 2012, miles de malteses se unieron en el duelo y valoraron el legado de su político más prominente.

En las elecciones de 1987, los nacionalistas conservadores lograron la mayoría y permanecieron en el poder 26 años. En 1989, Malta fue el escenario de la cumbre histórica entre los líderes de la URSS y EE UU, Mijaíl Gorbachov y George Bush, que marcó el fin de la Guerra Fría. Las reuniones se celebraron a bordo del buque soviético Maxim Gorki, anclado junto a la costa de Marsaxlokk.

En el 2004, Malta se adhirió a la UE y en el 2008 entró en la zona euro, lo que significó cuantiosas inversiones extranjeras y la diversificación de la economía nacional. Recientemente, si bien las islas han sido golpeadas por la crisis financiera europea, en gran medida han resultado intactas, con un crecimiento constante.

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