Historia de Madrid

Fundada como plaza fuerte musulmana en el s. IX, Madrid adquirió de súbito protagonismo cuando, contra toda previsión, fue designada capital de España en 1561. Como centro de un imperio mundial y sede de la corte española, se transformó en la ciudad más importante del reino. En los siglos posteriores, la ciudad asumió su papel capitalino, a ella acudieron gentes de toda España y de fuera de sus fronteras, y acumuló todo aquello que el poder y la riqueza llevan aparejado. El resultado final es la más española de las grandes ciudades de España.

El Mayrit musulmán

Cuando el ejército musulmán de Tariq ibn Ziyad cruzó el estrecho de Gibraltar en el s. VIII desencadenó un conflicto que convulsionaría la península Ibérica durante más de setecientos años. En el 756 se instituyó el emirato de Córdoba, en lo que los musulmanes llamaron al-Andalus, y sus soldados y administradores ocuparían gran parte de la península hasta comienzos del s. IX.

Cuando las fuerzas cristianas emprendieron la Reconquista –la larguísima campaña militar para recuperar la península–, los musulmanes de al-Andalus construyeron una cadena de plazas fuertes en el corazón peninsular. Una de estas fortificaciones la levantó en el 854 el emir de Córdoba, Mohamed I [852-886], en el solar de lo que con el tiempo sería Madrid. El asentamiento recibió el nombre de Mayrit (o Magerit), topónimo procedente de la voz árabe majira, que significa “canal de agua”. A medida que la Reconquista avanzaba, las fortalezas como Mayrit adquirieron relevancia al formar parte de una línea defensiva contra las incursiones cristianas. Como veía que Mayrit estaba muy desprotegida por el este, Mohamed I construyó una muralla defensiva. Intramuros solo podían vivir los musulmanes; la pequeña comunidad cristiana vivía extramuros, cerca de la actual iglesia de San Andrés. El único tramo conservado de la muralla árabe está cerca de la catedral de Nuestra Señora de la Almudena.

El estratégico emplazamiento de Mayrit en el centro de la península atrajo a soldados y comerciantes. Para acomodar a los recién llegados, Mayrit creció hasta convertirse en una ciudad. La mezquita principal se hallaba donde hoy hacen esquina las calles Mayor y Bailén, pero de ella solo quedan mínimos restos. Aun así, no era un lugar importante para los lejanos gobernantes musulmanes. En la guerra por la supremacía librada entre musulmanes y cristianos, Mayrit acabó pasando a manos cristianas sin necesidad de lucha; en el 1083, el rey de Toledo la entregó a Alfonso VI de Castilla.

Avanzada cristiana en el Medievo

Madrid nunca volvió a manos de los musulmanes, aunque estos la sitiaron con frecuencia. Conforme la línea fronteriza se iba desplazando hacia el sur, veteranos de la Reconquista, clérigos y sus órdenes religiosas se trasladaron a Madrid y cambiaron para siempre su carácter. Quedó una pequeña comunidad musulmana que vivía en las callejuelas que rodean las Vistillas, conocidas como la Morería. En la plaza de la Paja se hallaba el mercado principal. A finales del s. XIII se construyó una nueva muralla bordeada por las actuales calles Arenal, Bailén, Cava Baja, Cava de San Miguel y la plaza de la Puerta de Moros. Aún quedaban en los arrabales, extramuros, las actuales Plaza Mayor, Puerta del Sol y plaza de España.

Aunque Madrid creció, seguía a la sombra de ciudades como Segovia y Toledo. Un reducido número de familias del lugar decidió gobernarse por sí mismas y se formó así el primer consistorio madrileño, el Consejo de Madrid. Las Cortes itinerantes se reunieron por primera vez en Madrid en 1309. A esta primera manifestación del favor real siguieron otras; Madrid ganó cada vez más predicamento como residencia de los reyes castellanos –en particular Enrique IV (1454-1474)–, a quienes les resultaba un buen punto de partida para emprender expediciones de caza, especialmente la del oso en El Pardo. 

Pese a merecer la creciente atención del rey, el Madrid medieval permaneció mísero y pequeño. En 1348 una epidemia de peste diezmó a la población y el poder quedó en manos de pocas familias de señores feudales, que gobernaban a los campesinos que labraban las tierras de los alrededores. Como señaló un escritor del s. XV, “en Madrid no hay más que lo que uno traiga consigo”.

Historia de dos ciudades

Cuando Felipe II, hijo y sucesor de Carlos I, subió al trono imperial en 1556, Madrid estaba rodeado de murallas que contenían 130 torres y 6 puertas de piedra. Tales fortificaciones estaban construidas de barro y, más que defender la ciudad de modo efectivo, pretendían impresionar. A pesar de ello, Madrid fue escogida por Felipe II como capital de España en 1561.

A Felipe II le preocupaba más la administración del imperio y la construcción del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, su lugar de retiro espiritual, que el progreso de Madrid. Salvo un puñado de iglesias, el Alcázar y alguna que otra residencia suntuosa, en Madrid había sobre todo casuchas enjalbegadas –chozas de barro y poco más– que bordeaban callejuelas de caótico trazado y casi siempre de tierra. El monumental paseo del Prado no era más que un arroyuelo; y, aun así, Madrid pasó de tener 2000 casas en 1563 a más de 7000 tan solo 40 años después, al tiempo que oportunistas, campesinos empobrecidos, aspirantes a príncipes y buscadores de fortuna acudían en gran número a la ciudad con la esperanza de obtener su parte del glamour y la riqueza que la cercanía a la realeza lleva aparejados.

El suntuoso palacio del Buen Retiro fue completado en 1630 y sustituyó al Alcázar como primera residencia del monarca (el antiguo edificio del Museo del Ejército y el Casón del Buen Retiro son todo cuanto queda de él). Se levantaron iglesias, conventos y mansiones y, gracias al mecenazgo real, aquella fue la edad de oro del arte español; Velázquez, El Greco, José de Ribera, Zurbarán, Murillo y Coello estaban activos en el s. XVII en Madrid, que por primera vez comenzó a parecer una ciudad.

A mediados del s. XVII, Madrid había superado por completo su capacidad: en ella vivían 175 000 personas, lo que la convertía en la quinta mayor urbe de Europa. Pero si no se contaba la corte, la ciudad se quedaba en nada, y cuando Pedro Texeira trazó el primer plano de Madrid en 1656, la capital era aún en buena medida una sentina de callejuelas estrechas y miserables.

Los Borbones dejan su huella

Cuando en 1700 el rey Carlos II murió sin dejar heredero, estalló la Guerra de Sucesión Española, que convulsionó Europa durante 12 años. Mientras Europa luchaba por las colonias españolas, Felipe V (nieto de Luis XIV de Francia y de María Teresa, hija de Felipe IV) ascendía al trono en 1702. Era el primer miembro de la dinastía Borbón, que hoy sigue a la cabeza de la jefatura del Estado. La centralización del poder y los esbozos de reforma agraria de Felipe V constituyen, según algunos historiadores, los primeros pasos hacia la construcción de España como una moderna nación europea, y la primera de estas medidas fortaleció las aspiraciones de Madrid a convertirse en la ciudad más preeminente de ella. El monarca prefería vivir fuera de la capital, pero cuando en 1734 el Alcázar fue pasto de las llamas, decidió erigir en su solar un nuevo y esplendoroso Palacio Real. 

Sus inmediatos sucesores, y en particular Carlos III [1759-1788], también proveyeron a Madrid y a España de un periodo de gobierno más o menos regido por el sentido común. Carlos III llegó a ser considerado el mejor “alcalde” que jamás había tenido Madrid. Así, p. ej., al promover el primer programa de salubridad e higiene pública, adecentó una ciudad que era, según las fuentes de la época, la más inmunda de Europa; y fue tan exitosa su iniciativa que hacia el final de su reinado el embajador francés la describió como una de las capitales más limpias del continente. Consciente de su legado, Carlos III completó además el Palacio Real, inauguró el Real Jardín Botánico y llevó a cabo otras muchas obras públicas. La impronta dejada por el monarca se manifestó también en su mecenazgo a artistas nacionales y extranjeros como Goya y Tiépolo, y emprendió un ambicioso programa de construcción de carreteras.

Napoleón y el 2 de mayo

No había transcurrido un año desde la muerte de Carlos III cuando Europa se vio estremecida de nuevo, esta vez por la Revolución francesa, que amenazaba con suprimir los privilegios de la realeza y la nobleza hereditaria. Las maquinaciones de Carlos IV, el sucesor de Carlos III, y de su ministro, Manuel Godoy, desataron la ira tanto de franceses como de británicos. Las consecuencias fueron devastadoras: Nelson aplastó la flota franco-española en la batalla de Trafalgar (1805) y Napoleón convenció al crédulo Godoy de que permitiera a las tropas francesas entrar en España con el pretexto de repartirse Portugal, circunstancia que aprovechó el general galo Murat para apoderarse del reino y tomar Madrid. En 1808, la presencia francesa se había convertido en ocupación y el hermano de Napoleón, José Bonaparte, fue coronado rey de España.

Los madrileños no lo aceptaron de buen grado y, en la mañana del 2 de mayo de 1808 atacaron a las tropas francesas en los alrededores del Palacio Real y la actual plaza del Dos de Mayo, en Malasaña. Murat se trasladó enseguida a la zona y al final del día se consumó la derrota de los sublevados. Las obras maestras de Goya El 2 de mayo y El 3 de mayo, expuestas en el Museo del Prado, evocan con intenso dramatismo la esperanza y la angustia de aquella malhadada rebelión.

Aunque vilipendiado por gran parte de la población madrileña, la contribución de José Bonaparte al bienestar de la capital en apenas cinco años no debe subestimarse. En su esfuerzo por ganarse el favor popular, organizó espectáculos gratuitos, como corridas de toros, festivales de comida y bebida y procesiones religiosas. También adoptó gran cantidad de medidas necesarias en una ciudad que había crecido sin planificación urbanística, como la demolición de varias iglesias y conventos para crear plazas públicas (p. ej., las de Oriente, Santa Ana, San Miguel, Santa Bárbara, Tirso de Molina y Callao) y el ensanchamiento de las calles; asimismo, proyectó el viaducto que aún se extiende por la calle Segovia. Durante su reinado, se mejoró la sanidad pública y se trasladaron los cementerios a las afueras.

Los franceses fueron expulsados del territorio español en 1813, una vez concluida la Guerra de la Independencia. Pero cuando Fernando VII regresó en 1814, el país era un desbarajuste. Nada más llegar, abolió la Constitución, restableció el absolutismo y paralizó las acertadas obras emprendidas por José Bonaparte. Aunque también tuvo algunos momentos inspirados, como la apertura del renovado Parque del Buen Retiro al público y la fundación de un museo de pinturas en el Prado.

Capital de un país dividido

Durante gran parte del s. XIX, España y Madrid pasaron por tres guerras civiles (las guerras carlistas entre liberales y conservadores motivadas por la sucesión de Fernando VII) y varios golpes de Estado. Madrid estaba muy atrasada, aunque la desamortización de las propiedades del clero en 1837, la aparición de una clase media y el aumento de la actividad económica permitieron a los madrileños desmarcarse del dominio monárquico y eclesiástico.

En 1851 entró en servicio el primer ferrocarril de la ciudad, que unía Madrid con Aranjuez. Siete años después se inauguró el Canal de Isabel II, que aún abastece a la urbe con agua de la sierra de Guadarrama. Se mejoró la pavimentación de las calles, el alcantarillado y la recogida de basuras, y se introdujo la iluminación a gas. Y lo más importante: el capital extranjero (principalmente francés) empezó a llenar el vacío inversor. En los años siguientes se construyó una red nacional de carreteras radiales que partían de ella y se acometieron obras públicas, como la remodelación de la Puerta del Sol y la construcción del Teatro Real, la Biblioteca Nacional y el Congreso de los Diputados. En la década de 1860 se llevaron a cabo los primeros intentos de crear un ensanche. La fase inicial se produjo en los alrededores de la calle Serrano, donde el marqués de Salamanca adquirió terrenos y construyó viviendas de lujo.

En 1873 se proclamó la I República en España, pero el ejército no tardó en intervenir para restaurar la monarquía borbónica, y Alfonso XII, hijo de Isabel II, subió al poder. Durante el periodo de relativa tranquilidad que vino después, la expansión del ensanche cobró impulso, se construyeron las grandes estaciones de trenes y se colocaron los cimientos de una catedral; también se terminó el Banco de España, que abrió sus puertas en 1891. En 1898 se electrificaron las primeras líneas del tranvía y en 1910 comenzaron las obras de la Gran Vía. Nueve años más tarde entró en servicio la primera línea de metro.

La década de 1920 representó una etapa de actividad frenética, tanto en construcciones urbanas como en la vida intelectual. Hasta 20 periódicos circulaban por las calles madrileñas y escritores y artistas (Lorca, Dalí y Buñuel, entre otros) coincidían en la capital, que trepidaba con los sonidos del jazz estadounidense y en cuyos señoriales cafés resonaba el clamor de las tertulias.

En el ojo del huracán

En 1923, Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, tomó el poder e instauró una dictadura hasta que Alfonso XIII lo destituyó en 1930. Madrid estalló en una celebración, pero aquella alegría resultaría ser un espejismo. Para entonces, la capital de España se había convertido en el hirviente centro de una escena política nacional cada vez más radicalizada, y el auge de los socialistas en Madrid y de los anarquistas en Barcelona y Andalucía agudizó las tensiones en todo el país.

Las elecciones municipales celebradas en Madrid en abril de 1931 dieron el triunfo a una conjunción formada por republicanos y socialistas. Tres días después se proclamó la II República y Alfonso XIII abandonó el país. El Gobierno republicano abrió al público la Casa de Campo –hasta entonces propiedad de la Corona– y aprobó numerosas leyes reformistas, pero las divisiones surgidas en el seno del Gobierno permitieron que una coalición de derechas, la CEDA, subiera al poder en 1933. El péndulo volvió a oscilar y en febrero de 1936 el izquierdista Frente Popular derrotó por escaso margen al derechista Frente Nacional. El general Francisco Franco fue destinado a las islas Canarias, en teoría para mantenerlo a buen recaudo; pero con el ejército apoyando a los partidos de derechas y la extrema izquierda exigiendo la revolución, el escenario para la confrontación estaba dispuesto. En julio de 1936 se levantaron las guarniciones del norte de África, a las que se unieron rápidamente otras de la península. Había estallado la Guerra Civil.

Tras haber detenido el avance por el norte de las tropas franquistas, Madrid se colocó en el punto de mira de las fuerzas de Franco que subían desde el sur. Si lograba tomar Madrid –razonaba él–, España sería suya. A principios de noviembre de 1936 había llegado hasta la Casa de Campo. El Gobierno republicano huyó a Valencia, pero la determinación de los defensores de la ciudad –una mezcla de reclutas reunidos a la carrera y mal entrenados, simpatizantes republicanos salidos de las filas del ejército de tierra y la fuerza aérea, miembros de las Brigadas Internacionales y asesores militares soviéticos– se mantuvo firme. Madrid se convirtió en una cause célèbre internacional, y figuras tan diversas como Ernest Hemingway y Willy Brandt acudieron en defensa de la ciudad. Pese a la fama de los brigadistas, el hecho es que, de los 40 000 soldados y tropas irregulares que defendían Madrid, más del 90% eran españoles. 

Los defensores de Madrid repelieron un feroz asalto nacionalista en noviembre de 1936; los combates más violentos se libraron por la zona de Argüelles y la Ciudad Universitaria. Los soldados leales a Franco que se levantaron en Madrid fueron aplastados por los milicianos y 20 000 simpatizantes franquistas buscaron refugio en las embajadas extranjeras. Ante la indómita resistencia de los republicanos –simbolizada por el lema “¡No pasarán!” acuñado por la dirigente comunista Dolores Ibárruri–, Franco sitió Madrid, la bombardeó desde el aire y aguardó a que se rindiera. Pero la ciudad siguió resistiendo.

Los bombarderos alemanes asolaron Madrid en una de las primeras campañas aéreas de la historia de los conflictos bélicos, aunque el distrito de Salamanca fue respetado, al parecer, porque allí vivían muchos franquistas. El Museo del Prado no tuvo tanta suerte y casi todas sus pinturas fueron evacuadas a Valencia. En la batalla de Madrid murieron 10 000 personas; el enfoque de Franco queda resumido en su promesa: “Antes destruiré Madrid que entregárselo a los marxistas”.

En 1938 Madrid se moría de hambre y la comida, la ropa y las municiones escaseaban. Conforme iban cayendo los baluartes republicanos por todo el país, los defensores de Madrid estaban divididos sobre si continuar resistiendo o entablar negociaciones. Tras una breve lucha interna por el poder, los partidarios de la negociación resultaron ganadores y el 28 de marzo de 1939 un Madrid exhausto se rindió por fin.

El Madrid de Franco

Franco sopesó la posibilidad de trasladar la capital al sur, a la más cordial Sevilla; pero, como si deseara infligir un castigo a Madrid por la resistencia que le había opuesto, al final optó por rehacer la ciudad a su imagen y semejanza y transformarla en una capital digna de su nuevo amo y señor. Franco y la Falange ejercieron una dura represión y el Madrid de principios de los años cuarenta, empobrecido y con las cicatrices de la batalla, era “una ciudad de un millón de cadáveres”, según palabras del poeta Dámaso Alonso. 

Según la propaganda franquista de la época, las décadas de 1940 y 1950 fueron los años de la autarquía (independencia económica, motivada en gran medida por el aislamiento internacional de España tras el fin de la Segunda Guerra Mundial). Para la mayoría de los españoles aquellos fueron los “años del hambre”. A lo largo de toda la década de 1940, decenas de miles de personas sospechosas de simpatizar con la República fueron vejadas, encarceladas, torturadas y fusiladas. Los republicados que huyeron a Francia fueron capturados y enviados a campos de concentración nazis. Muchos de los que se quedaron en España fueron obligados a trabajar en condiciones deplorables.

El lastimoso estado de la economía española obligó a cientos de miles de campesinos hambrientos a buscar trabajo en Madrid, con lo cual se incrementó la demanda de vivienda; la mayoría, no obstante, se contentó con levantar chabolas en los barrios que empezaron a rodear la ciudad.

A principios de la década de 1960, la industria de los llamados Planes de Desarrollo estaba despegando en Madrid y sus alrededores. La inversión extranjera fluía a raudales y la banca y el sector de servicios conocieron una gran prosperidad. Las fábricas de la American Chrysler Motor Company fueron las principales creadoras de empleo en el Madrid de los años sesenta. En 1960 circulaban por la ciudad menos de 70 000 coches; 10 años después, más de medio millón de vehículos atascaban sus calles.

Pese a todos los signos de desarrollo visibles en Madrid, Franco nunca gozó de popularidad en la ciudad que había tomado, y el aumento del nivel de vida apenas redujo el desdén de los madrileños por el hombre que gobernaba con mano de hierro. En el País Vasco la banda terrorista Euskadi Ta Askatasuna (ETA; Patria Vasca y Libertad) comenzó a luchar por la independencia de su territorio. Su primera acción importante fuera del País Vasco fue el asesinato en Madrid en 1973 del almirante Luis Carrero Blanco, por entonces presidente del Gobierno.

Franco cayó enfermo en 1974 y murió el 20 de noviembre de 1975.

La transición a la democracia

Tras la muerte de Franco, el ambiente en España era de incertidumbre y Madrid cobró protagonismo.

Franco había preparado al rey Juan Carlos I, miembro de la dinastía borbónica que había quedado apartada de la escena política española cuando Alfonso XIII abandonó el país en 1931, para que lo sucediera como jefe del Estado. Pero el monarca encomendó la presidencia del Gobierno en julio de 1976 a Adolfo Suárez, un franquista moderado con quien había mantenido largos contactos secretos. Con el beneplácito del rey, Suárez logró que las Cortes aprobaran un sinfín de profundos cambios, mientras los leales a Franco y la cúpula militar, desnortados y faltos de liderazgo, pugnaban por reagruparse.

Suárez y su coalición de centroderecha, UCD, ganaron las elecciones de 1977 y, en colaboración con las ya legales fuerzas opositoras, redactaron una nueva Constitución que establecía una monarquía parlamentaria, sin adscripción religiosa, y garantizaba un amplio margen de autonomía a las 17 regiones (entre ellas, la Comunidad de Madrid) en las que el país quedó dividido. 

Los españoles se llevaron el susto de su vida cuando el 23 de febrero de 1981, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados pistola en mano, al frente de un contingente armado, y mantuvo 24 horas secuestrados a los legítimos representantes de los ciudadanos. Durante un día y una noche de tensa expectación, el país contuvo el aliento mientras aguardaba a ver si España retornaba a los negros años de la dictadura o si prevalecía la joven democracia. Con el país pendiente de la televisión y la radio, Juan Carlos I pronunció una alocución en directo en la que desautorizaba a Tejero y ordenaba a los militares que regresaran a sus cuarteles. El golpe había fracasado.

Un año después, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Felipe González ganó las elecciones generales. Los problemas económicos de España eran ingentes: los ingresos estaban a la par con los de Iraq, el terrorismo de ETA segaba docenas de vidas al año y el paro superaba el 20%. Pero si algo les sobraba a los españoles era optimismo, y cuando en 1986 España ingresó en la Comunidad Económica Europea (CEE), como entonces se llamaba la actual Unión Europea, pudo decirse que el país había regresado de verdad al seno de las naciones europeas modernas.

La 'movida' madrileña

Con los trascendentales acontecimientos que se estaban produciendo, la ciudad se había convertido en una de las más animadas del planeta; lo que Londres representó en los años sesenta y París en 1968, Madrid lo fue en la década de los ochenta. Tras los años de dictadura, los españoles, y los madrileños en particular, se echaron a la calle. Nada se consideraba tabú en aquel fenómeno conocido como la “movida” y de la noche a la mañana, la bebida, las drogas y el sexo estaban permitidos y hasta bien vistos. Pasar toda una noche de fiesta era algo normal, el consumo de drogas en público no constituía delito (eso cambió en 1992) y la ciudad bramaba.

Lo más singular de la “movida” fue que la timoneó Enrique Tierno Galván, un excatedrático de universidad que había sido un destacado opositor al franquismo y a quien se conocía cariñosamente en toda España como “el viejo profesor”. De ideología socialista, Tierno fue elegido alcalde de Madrid en 1979 y, en opinión de muchos, auspició la “movida” al pronunciar en público aquella célebre frase: “¡Roqueros: el que no esté colocado, que se coloque… y al loro!”. No es de extrañar que fuera el alcalde más popular que jamás haya tenido la capital y que cuando murió, en 1986, un millón de madrileños asistieran a su funeral.

Pero la “movida” no solo fue el redescubrimiento de ese arte tan español de salir de copas, sino que estuvo acompañada de una explosión de creatividad entre los músicos, diseñadores y cineastas del país, ávidos de romper las cadenas de los años del franquismo. El más famoso de la hornada fue el director de cine Pedro Almodóvar; sus películas captaron a la perfección el espíritu de la “movida”, presentando personajes desmesurados que transgredían todos los límites del sexo y las drogas. Aunque sus últimas películas tienen fama internacional, es en las primeras –Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) y Laberinto de pasiones (1982)– donde el espíritu de la “movida” cobra vida de verdad. Cuando no dirigía películas, Almodóvar se imbuía del espíritu de la “movida” protagonizando números de travestismo en bares. 

¿Y qué fue de la “movida”? Muchos dicen que feneció en 1991 cuando el conservador José María Álvarez del Manzano, del Partido Popular, fue elegido alcalde. En los años que siguieron, liarse porros en público se volvió cada vez más peligroso y se impusieron horas de cierre a los bares; incluso Pedro Almodóvar llegó decir que Madrid se había convertido en una ciudad “tan aburrida como Oslo”. Es indudable que las cosas se han calmado un poco, pero esto solo lo notará quien haya vivido en Madrid durante los años ochenta. ¡Ojalá todas las ciudades fueran así de “aburridas”!

Madrid sienta la cabeza

Tras 12 años de gobierno socialista, el conservador PP ganó las elecciones municipales en 1991 (los populares mantuvieron el poder hasta el 2015) y desde 1996 hasta el 2004 los tres niveles de gobierno de Madrid (municipal, autonómico y nacional) permanecieron en manos de los conservadores. Durante todo este período, observadores de otras regiones afirmaron que el PP favorecía abiertamente a la capital en detrimento de las demás regiones de España. Sea cual fuere la verdad de tales acusaciones, la ciudad progresó a pasos agigantados, y cuando la economía nacional despegó a finales de la década de 1990, Madrid cosechó grandes beneficios. Los ambiciosos programas de ampliación del metro, las carreteras, el aeropuerto y los barrios periféricos eran señales inconfundibles de confianza. Según algunos cálculos, el 75% de las inversiones extranjeras en España se dirigieron a la capital.

El 11 de marzo del 2004, tan solo tres días antes de que el país estuviera convocado a unas elecciones generales, Madrid se estremeció con la explosión de 10 bombas colocadas a primera hora de la mañana en cuatro trenes de cercanías que se dirigían a la estación de Atocha. Al final resultaron muertos 191 personas en el mayor atentado terrorista en la historia del país.

Si estos atentados unieron a la ciudad, lo que vino después fue la división política. El 15 de mayo del 2011, en lo peor de la crisis económica e insatisfechos con la clase política española, los llamados “indignados” ocuparon pacíficamente la Puerta del Sol, en el centro de Madrid, para expresar su protesta. Mantenida su popularidad por los medios de comunicación y las redes sociales, los “indignados” se quedaron en la Puerta del Sol durante meses y fueron los precursores de movimientos similares que surgieron por todo el mundo, como Occupy Wall Street y sus vástagos. Aquel fue el principio de un movimiento que habría de transformar la política española.

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