Historia de Sri Lanka

La localización de Sri Lanka –cerca de la India y junto a cientos de rutas comerciales ancestrales– siempre ha seducido a inmigrantes, invasores, misioneros, mercaderes y viajeros de la India, Asia oriental y Oriente Medio. Muchos se quedaron en la isla y, durante generaciones, se integraron, se mezclaron, se convirtieron y se volvieron a convertir. Aunque aún se discuta sobre quién fue el primero y quién tiene la potestad sobre el país, la historia de la isla, como la de sus grupos étnicos, es la de una tierra de dominio cambiante y constante.

Prehistoria y los primeros en llegar

La historia de Sri Lanka enorgullece y mucho a cingaleses y tamiles, los dos grupos étnicos mayoritarios del país, si bien cada uno tiene su versión de los hechos. Cada yacimiento histórico, edificio religioso y nombre de pueblo tiene, al parecer, una historia opuesta sobre sus orígenes que, a su vez, se funde con mitos religiosos y leyendas locales antagónicos.

¿Dejó Buda su huella en el pico de Adán (Sri Pada) al visitar la isla que quedaba a medio camino del paraíso? O ¿fue Adán quien la imprimió en la roca mientras daba un último vistazo al edén? ¿Fue el archipiélago que unía Sri Lanka a la India la misma cadena de islas que Rama cruzó para rescatar a su esposa Sita de las garras de Rawana, el rey demoníaco de Lanka, en la epopeya Ramayana?

Leyendas aparte, la verdad es que los primeros habitantes de Sri Lanka, los veddahs (o, como se autodenominan, wanniyala-aetto o “moradores del bosque”), eran cazadores-recolectores. Los antropólogos creen que descendían de inmigrantes procedentes de la India y, posiblemente, del sureste asiático, y ya habitaban la isla hacia el 32 000 a.C. También podría ser que las aguas crecieran hasta sumergir el puente de tierra que comunicaba la India con Sri Lanka en el 5000 a.C.

Historiadores y arqueólogos discrepan sobre su origen, pero emergió una cultura megalítica en los siglos próximos al 900 a.C. con sorprendentes similitudes a las culturas coetáneas del sur de la India. También durante esta temprana Edad de Hierro, Anuradhapura creció como centro poblado.

Se han hallado objetos del s. III a.C. inscritos en brahmi (una ancestral escritura emparentada con la mayoría de las del sur de Asia); y se han destacado paralelismos con los estilos brahmi del norte y sur de la India, aunque en muchas inscripciones halladas en el norte y este de la isla se utilizan palabras tamiles. Los historiadores ceilandeses y mucha gente del país discuten acaloradamente estos detalles, pero en lugar de haber dos historias étnicas diferentes lo más probable es que las migraciones del oeste, este y sur de la India ocurrieran al mismo tiempo y que todos esos recién llegados se mezclaran con los indígenas.

Anuradhapura

La Mahavamsa, la epopeya pali del s. V a.C., es la principal fuente histórica del país. Aunque haya crónicas de hacia el s. III a.C. bastante fidedignas de reinos y del poder político cingalés, su exactitud histórica es más imprecisa antes de esta época. No obstante, muchos cingaleses aseguran que descienden de Vijaya, un príncipe inmoral del norte de la India del s. VI a.C. que, según el poema épico, tenía a un león por abuelo y a un padre con patas de león casado con su propia hermana. Acusado de comportamiento indebido, Vijaya fue desterrado junto a 700 hombres más en destartalados barcos desde el subcontinente.

Al desembarcar cerca de la actual Mannar, supuestamente el día que Buda alcanzó la iluminación, el grupo se asentó cerca de Anuradhapura. Al poco de llegar se toparon con Kuveni, una yaksha (probablemente veddah), descrita unas veces como reina sanguinaria y otras como mujer fatal, que asumió la forma de una doncella de 16 años para seducir a Vijaya. Tras ceder la corona a este, se unió a él para aniquilar a su propio pueblo y darle dos hijos; posteriormente él la expulsó y nombró princesas –y esposas para sus hombres– a mujeres del reino tamil de la dinastía Pandya del sur de la India. Dicho esto, todos los antepasados de los cingaleses se casaron con tamiles, algo que la mayoría de los ceilandeses pasa por alto. Su gobierno asentó las bases del reino de Anuradhapura, nacido allí en el s. IV a.C.

En el s. II a.C. el reino de Anuradhapura gobernaba toda la isla, pero con frecuentes luchas, y coexistió con otras dinastías de la isla durante siglos, sobre todo los Cholas tamiles. Las fronteras entre Anuradhapura y los diferentes reinos del sur de la India cambiaban con frecuencia, y Anura-dhapura también entró en conflictos con esta zona del subcontinente. Unos cuantos guerreros cingaleses se alzaron para repeler los reinos del sur de la India, incluido el de Vijayabahu I (s. XI), que acabó por abandonar Anuradhapura y convertir Polonnaruwa, más al sureste, en su capital.

Durante siglos, el reino pudo rehacerse tras sus contiendas gracias al rajakariya, el sistema por el cual se trabajaba gratis para el rey. Dicho trabajo permitía restaurar edificios, balsas y sistemas de riego y desarrollar la agricultura sin gastar en mano de obra. El sistema no desapareció de la isla hasta 1832, cuando los británicos abolieron la esclavitud.

Llegan las enseñanzas de Buda

El budismo llegó a la India en el s. III a.C., transformó Anuradhapura y posiblemente creó la actual cultura cingalesa. Hoy, el monte Mihintale señala el lugar donde, al parecer, el rey Devanampiya Tissa recibió por primera vez las enseñanzas de Buda. Los primeros embajadores budistas también llevaron a Sri Lanka un esqueje del árbol de Bodhi bajo el que Buda alcanzó la iluminación. Este árbol sobrevive en Anuradhapura, ahora engalanado con banderolas de oración y lucecitas. Poco a poco la realeza ceilandesa estrechó vínculos con los budistas. Los reyes, agradecidos por el apoyo monástico, proporcionaron tierras, embalses y alimentos a los monasterios, y se estableció una simbiótica economía política entre religión y Estado, un poderoso contrato aún vital.

El budismo se expandió aún más por la isla cuando las primeras enseñanzas orales se registraron por escrito en el s. I a.C. Los primeros monjes ceilandeses procedieron a escribir un vasto cuerpo de comentarios sobre las enseñanzas, libros de texto, gramática pali y otros artículos didácticos, todo lo cual desarrolló una literatura clásica para la escuela de budismo theravada (doctrina de los ancianos) que aún siguen los budistas de esta escuela de todo el mundo. La llegada del diente de Buda a Anuradhapura en el año 371 d.C. consolidó la posición del budismo en la sociedad cingalesa y creó una sensación de causa e identidad nacional e inspiró el desarrollo de la cultura y la literatura cingalesas.

Polonnaruwa

La siguiente capital, Polonnaruwa, sobrevivió más de dos siglos y tuvo dos gobernantes bien notables. Parakramabahu I [1153-1186], sobrino de Vijayabahu I, expulsó de Sri Lanka al imperio tamil Chola indio del sur y llevó las luchas hasta el sur de la India, con alguna incursión incluso en Myanmar. Además, construyó muchos embalses e invirtió grandes cantidades de dinero público en Polonnaruwa para convertirla en una gran capital asiática. Su caritativo sucesor, Nissanka Malla [1187-1196], sería el último rey de Polonnaruwa en cuidar del bienestar de su pueblo. Le siguieron una sarta de gobernantes pusilánimes y, con el deterioro del sistema de riego, las enfermedades hicieron mella y, en apenas unas décadas, la selva se apoderó de la segunda capital cingalesa.

Tras Polonnaruwa, el gobierno cingalés se trasladó al suroeste de la isla y, entre 1253 y 1400, hubo hasta cinco capitales diferentes, aunque ninguna como Anuradhapura o Polonnaruwa. Mientras tanto, el poderoso reino de Jaffna se expandió hasta abarcar una enorme parte de la isla; cuando el viajero árabe Ibn Batuta visitó Sri Lanka en 1344, anotó que llegaba hasta la lejana Puttalam.

Con el declive de las capitales cingalesas del norte y la consiguiente migración hacia el sur, una amplia mata de selva separaba los asentamientos tamiles del norte, en su mayoría en la costa, de los pueblos cingaleses interiores del sur. Durante siglos, esta barrera selvática mantuvo separados a ambos grupos, sin duda la semilla de la dicotomía étnica del país.

Comercio y conquista

Llegan los portugueses

En pleno océano Índico, Sri Lanka había sido un centro de comercio antes incluso de la llegada de mercaderes árabes con su nueva fe islámica en el s. VII. Los objetos más preciados del país eran las piedras preciosas, la canela, el marfil y los elefantes. Los primeros asentamientos musulmanes prosperaron en Jaffna y Galle, pero con el desembarco de una potencia europea, que también quería dominar, se vieron obligados a huir hacia el interior.

Cuando llegaron los portugueses en 1505, en Sri Lanka había tres reinos principales: el reino tamil de Jaffna y los reinos cingaleses de Kandy y Kotte (cerca de Colombo). Lourenço de Almeida, el hijo del virrey portugués de la India, estableció amistad con Kotte y consiguió monopolizar el valioso comercio de las especias y, a la larga, controlar el propio reino.

Menos cordiales fueron las relaciones con los tamiles, y Jaffna consiguió repeler dos incursiones portuguesas hasta 1619, cuando los lusos destruyeron sus preciosos templos hinduistas y la biblioteca real. Portugal se apoderó primero de la costa oeste y después, del este, pero el reino de Kandy en las tierras altas resistió.

Los portugueses trajeron consigo las órdenes religiosas, con los dominicos y los jesuitas al frente. Muchas comunidades de la costa se convirtieron, pero otras que rechazaron la fe cristiana tuvieron que soportar masacres y la destrucción de sus templos. Los budistas huyeron a Kandy y la ciudad asumió su papel de protectora del budismo, una misión sagrada que consolidaron otros tres siglos de intentos fallidos de dominación por parte de las potencias europeas.

Los neerlandeses

En 1602 llegaron los neerlandeses, tan ávidos como los portugueses por controlar el lucrativo comercio de especias en el Índico. El rey de Kandy, Rajasinha II, les permitió que lo monopolizaran a cambio de la autonomía de Sri Lanka. Pese al acuerdo, los neerlandeses intentaron subyugar Kandy durante sus 140 años de gobierno. Aunque sin éxito.

Los neerlandeses fueron más diligentes que los portugueses y construyeron canales por la costa oeste para transportar canela y otras mercancías. En Negombo aún pueden verse algunos. El sistema legal de esta época aún forma parte del cuerpo legal de Sri Lanka.

Los británicos

Al principio, los británicos se fijaron en Sri Lanka en términos estratégicos, y consideraron el puerto de Trincomalee, al este, como un medidor de la influencia francesa en la India. Después de que la Francia napoleónica se hiciera con Holanda en 1794, los pragmáticos neerlandeses cedieron Sri Lanka a los británicos a cambio de “protección” en 1796. Los británicos no tardaron en trasladarse a la isla, que convirtieron en colonia suya en 1802 y conquistaron por fin Kandy en 1815. Tres años más tarde quedó establecida la primera administración unida de la isla a cargo de una potencia europea.

La conquista británica desestabilizó a muchos cingaleses, quienes creían que solo los custodios del diente sagrado tenían el derecho de gobernar el territorio. Su recelo se suavizó algo cuando un monje superior sustrajo el incisivo del templo del Diente de Buda para protegerlo y, de paso, la soberanía simbólica de la isla.

El desasosiego de los cingaleses fue en aumento cuando empezaron a desembarcar colonos británicos en la década de 1830. A partir de la década de 1870, se sustituyeron el café y el caucho por el té, y el crisol demográfico de la isla quedó totalmente modificado por la irrupción de mano de obra tamil del sur de la India. Estos “tamiles de plantación” estuvieron, y aún están, separados por la geografía, la historia y la casta de los tamiles de Jaffna. Los colonos tamiles del norte se abrieron paso hacia el sur hasta Colombo, mientras los cingaleses se dirigían a Jaffna. De hecho, la colonización británica provocó el inicio de un desplazamiento demográfico en la isla.

Camino hacia la independencia

Nacionalismo creciente

Los albores del s. XX fueron una época importante para el movimiento comunal nacionalista de Sri Lanka. Hacia finales del s. XIX, los budistas e hinduistas iniciaron sendas campañas con el doble propósito de rejuvenecer las fes tras la estela dejada por el colonialismo europeo y defender la cultura tradicional ceilandesa contra el impacto de los misioneros cristianos. Para estos grupos, el siguiente paso lógico era pedir más participación ceilandesa en el Gobierno, y ya en 1910 obtuvieron la concesión menor de que los ceilandeses eligieran a un miembro para el Consejo Legislativo.

En 1919 la misión nacionalista se había formalizado como Congreso Nacional de Ceilán. Se obligó al activista cingalés Anagarika Dharmapala a abandonar el país, y diferentes ligas juveniles, cingalesas y tamiles retomaron la misión por un cambio mayor. En 1927, Mahatma Gandhi visitó a los activistas jóvenes tamiles de Jaffna, lo que alentó más su causa.

Se produjeron mayores reformas en 1924, cuando un Gobierno representativo pudo revisar la Constitución, y en 1931, cuando una nueva Carta Magna por fin permitía a los líderes de la isla participar en la toma de decisiones parlamentarias y garantizaba el sufragio universal. Según esta nueva Constitución ningún grupo étnico podía controlar el proceso político, y un mecanismo de equilibrio de poderes aseguraba que todos los campos del Gobierno estuvieran supervisados por un comité escogido entre todos los grupos étnicos. Sin embargo, los líderes políticos, tanto cingaleses como tamiles, no lograron apoyar totalmente la Constitución preindependencia del país, todo un presagio de los problemas venideros.

De Ceilán a Sri Lanka

Tras la independencia de la India en 1947, Ceilán (tal y como se llamaba Sri Lanka entonces) consiguió la suya el 4 de febrero de 1948. El gobernante Partido de Unidad Nacional (UNP), pese a estar formado por miembros de todos los grupos étnicos de la isla, en realidad solo representaba los intereses de una élite de habla inglesa. La decisión del UNP de intentar denegar la ciudadanía a los “tamiles de plantación” y repatriarlos a la India era un indicativo de una marea creciente de nacionalismo cingalés.

En 1956 esta división aumentó cuando el Partido de la Libertad de Sri Lanka (SLFP) llegó al poder con un programa político basado en el socialismo, el nacionalismo cingalés y el apoyo oficial al budismo. Una de las primeras tareas del líder del SLFP, Salomon W. R. D. Bandaranaike, fue cumplir con la promesa de convertir el cingalés en el único idioma oficial del país. Durante el dominio británico, se consideró a los tamiles angloparlantes cualificados y se les asignó muchos cargos en universidades y en el sector público, un hecho que creó el resentimiento entre los cingaleses, sobre todo durante la recesión económica de la década de 1950. Los principales partidos políticos se aprovecharon del temor cingalés que su religión, idioma y cultura fueran engullidos por los indios, considerados los aliados naturales de los tamiles de Sri Lanka. Los tamiles, cuya identidad hinduista se había marcado más en el proceso hacia la independencia, empezaron a sentirse como una minoría amenazada.

El proyecto de ley solo de cingaleses privó del derecho de voto a la población hinduista y musulmana de habla tamil de Sri Lanka: de repente, casi el 30% del país perdió el acceso al empleo y a los servicios gubernamentales. Aunque las tensiones habían estado latentes desde el final del gobierno colonial, esta decisión señaló el inicio del conflicto étnico en Sri Lanka.

Un escenario similar se dio en 1970 cuando se aprobó una ley que favorecía el ingreso de cingaleses en las universidades en detrimento de los tamiles. Después, tras una insurrección armada contra el Gobierno por la línea dura del estudiantil y anti tamil Frente de Liberación Popular (Janatha Vimukthi Peramuna o JVP), una nueva Constitución (que cambió el nombre de Ceilán por el de Sri Lanka) concedió un “lugar destacado” al budismo en el país e hizo que el Estado tuviera la obligación de “protegerlo y fomentarlo”.

La inquietud creció entre los tamiles del norte, y se impuso el estado de excepción en sus regiones durante varios años a partir de 1971. La policía y el Ejército, que velaban por el acatamiento de dicha circunstancia, incluían en sus filas a pocos tamiles (en parte debido a la ley de “solo cingaleses”), lo que incidía en una mayor división y, para los tamiles, en una acusada sensación de opresión.

Nacimiento de los Tigres Tamiles

A mediados de la década de 1970, varios grupos de jóvenes tamiles, algunos de ellos combativos, empezaron a abogar por un Estado tamil independiente llamado Eelam (Tierra Querida). Incluyeron a Vellupillai Prabhakaran, fundador de los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE), o Tigres Tamiles.

El estatus del tamil se había elevado a “lengua nacional”, pero solo en las zonas de mayoría tamil. Los enfrentamientos entre los tamiles y las fuerzas de seguridad desencadenaron un ciclo de represalias, a menudo con civiles de por medio. El ambiente se caldeó por ambos bandos y alcanzó su momento crucial en 1981, cuando un grupo de amotinados cingaleses (según algunos, las propias fuerzas gubernamentales) incendiaron la biblioteca de Jaffna, que atesoraba varias joyas históricas del pueblo tamil, como antiguos manuscritos en hoja de palma.

A esto le siguieron pequeñas represalias, pero el mundo no reparó en el conflicto hasta dos años después, en 1983, cuando se desataron en Colombo verdaderas masacres contra los tamiles en respuesta a una emboscada perpetrada por los LTTE en la región de Jaffna, con 13 soldados muertos. En una revuelta hoy conocida como Julio Negro, se llegó a apalear y quemar o fusilar hasta 3000 tamiles, y sus inmuebles fueron saqueados e incendiados. Varias zonas de mayoría tamil, como el barrio de Pettah en Colombo, quedaron arrasadas y la violencia se propagó a otras partes del país.

Ni el Gobierno ni la policía ni el Ejército pudieron o quisieron detener la sangría; algunos de ellos incluso contribuyeron. Cientos de miles de tamiles abandonaron el país o huyeron a zonas de mayoría tamil del norte o el este, y muchos se unieron a la resistencia; por su parte, muchos cingaleses se trasladaron al sur desde el norte y este. El horror del Julio Negro despertó cierta simpatía internacional por la resistencia tamil; p. ej., los simpatizantes tamiles del sur de la India y el Gobierno de Indira Gandhi ayudaron económicamente a la causa.

Los ataques y los contraataques devinieron en atrocidades y masacres por ambos bandos. La opinión pública internacional condenó al Gobierno por torturas y desapariciones, pero también señaló la intimidación y violencia contra civiles (tamiles y musulmanes incl.) por parte de los combatientes tamiles. Un acuerdo de 1987, que ofrecía una autonomía limitada a los tamiles y formalizaba el tamil como idioma nacional, nunca se cumplió, y el conflicto derivó en 25 años de guerra civil que se saldaría con más de 100 000 muertos.

Conatos de paz

La frágil paz india

En 1987 las fuerzas gubernamentales hicieron retroceder a los LTTE a Jaffna como parte de una gran ofensiva. India presionó al Gobierno de Sri Lanka para que se retirara, y los dos jefes de Estado, J. R. Jayawardene y Rajiv Gandhi, negociaron un acuerdo: el Gobierno de Sri Lanka suspendería la ofensiva, los rebeldes tamiles depondrían las armas y una Fuerza India de Mantenimiento de la Paz (IPKF) velaría por la tregua. Las regiones tamiles también tendrían una autonomía sustancial mientras Colombo transfería el poder a las provincias.

Pronto quedó claro que el acuerdo no valía para nadie. Al principio los LTTE obedecieron, pero acabaron enfrentándose con la IPKF cuando se negaron a deponer las armas. La oposición de los cingaleses, un resucitado JVP y secciones de la sangha (comunidad de monjes y monjas budistas) contra los indios desembocó en manifestaciones violentas.

En 1987 el JVP inició una segunda revolución con asesinatos políticos y huelgas, y a finales de 1988 el país estaba sumido en el terror, la economía estancada y el Gobierno inmovilizado. El Ejército contraatacó con una implacable campaña anti insurrección. Las revueltas fueron sofocadas pero tras cobrarse decenas de miles de vidas.

Las fuerzas indias de pacificación se retiraron en marzo de 1990, con más de 1000 bajas en solo tres años. Al instante, la guerra entre los LTTE y el Gobierno de Sri Lanka se intensificó. A finales de 1990 los LTTE ocuparon Jaffna y buena parte del norte, aunque la mayoría de este permaneció bajo el control del Gobierno. En mayo de 1991 Rajiv Gandhi fue asesinado por un terrorista suicida; se culpó a los LTTE, presuntamente como represalia al acuerdo de la IPKF.

El alto el fuego del 2002

Aunque la mayoría de la población ansiaba la paz, extremistas de ambos bandos perseveraban con la guerra. El presidente Premadasa fue asesinado en el mitin del 1 de mayo de 1993. Aunque se sospechó de los LTTE, estos nunca reivindicaron el magnicidio. Al año siguiente, Alianza Popular (PA) ganó las elecciones parlamentarias, y su líder, Chandrika Bandaranaike Kumaratunga, la hija de la antigua líder Sirimavo Bandaranaike, ganó las elecciones presidenciales. El PA había prometido terminar con la guerra civil pero el conflicto se recrudeció.

En el 2000, una misión noruega por la paz sentó a los LTTE y al Gobierno en la mesa de negociaciones, pero el alto al fuego tuvo que esperar hasta después de las elecciones de diciembre del 2001, que transfirió el poder al UNP. Ranil Wickremasinghe se convirtió en primer ministro y hubo una bonanza económica mientras progresaban las conversaciones de paz. Sin embargo, Wickremasinghe y la presidenta Chandrika Bandaranaike Kumaratunga eran de partidos distintos, y no conseguían avanzar, pero en el 2003 Kumaratunga disolvió el Parlamento y expulsó a Wickremasinghe y a su UNP.

En el 2002, después del acuerdo de alto el fuego negociado por Noruega, se respiraba cierto optimismo. En el norte empezaron a regresar refugiados, desplazados y exiliados, lo que estimuló la economía en la devastada Jaffna. Varias ONG empezaron a resolver, entre otras cosas, el problema de los dos millones de minas antipersona.

Pero las conversaciones de paz se estancaron, y la situación se tensó más, si cabe. Todos los bandos empezaron a acusarse de prejuicios e injusticias. En octubre del 2003 EE UU declaró “organización terrorista extranjera” a los LTTE. Algunos creyeron que sería un paso positivo; otros lo vieron como un gesto que aislaría a los LTTE, causando mayores presiones y conflictos. A principios del 2004, la división en las filas de los LTTE creó una nueva dinámica, y con asesinatos, inseguridad, acusaciones y ambigüedades, los noruegos se retiraron. Mientras, el Gobierno central controlaba todo el país, también la mayor parte de la península de Jaffna. Los LTTE controlaban solo una pequeña zona al sur de la península y puntos del este, pero seguían reclamando partes de la península de Jaffna y el noroeste y noreste de la isla.

Tras el tsunami

Un suceso inesperado asoló el país el 26 de diciembre del 2004, y afectó no solo al proceso de paz sino también a todo el tejido social. Mientras la gente celebraba la poya (luna llena) mensual, una gran ola arrasó el país, con un balance de 30 000 muertos y muchos más heridos, huérfanos y personas sin hogar. El optimismo inicial derivado del convencimiento de que la nación se uniría para hacer frente a la catástrofe pronto se transformó en confrontaciones por la distribución de las ayudas, la reconstrucción y la tenencia de tierras.

Mientras, Kumaratunga, con la intención de ampliar su mandato presidencial, pretendió reformar la Constitución. Frustrado por una dominante Corte Suprema, las elecciones presidenciales se emplazaron para el 2005. Entre los contendientes, dos candidatos eran los vencedores más probables: el entonces primer ministro, Mahinda Rajapaksa, y el líder de la oposición, Ranil Wickremasinghe. Los LTTE boicotearon las elecciones, pero Rajapaksa ganó por poco. Los motivos del boicot no estaban claros, pero sus acciones le costaron a Wickremasinghe unos 180 000 votos, la presidencia y, quizá, una mejor oportunidad para la paz.

El presidente Rajapaksa prometió reemplazar a los negociadores de paz noruegos por otros de la ONU y la India, renegociar el alto el fuego con los LTTE, rechazar la autonomía tamil y rehusar compartir la ayuda por el tsunami con los LTTE. Semejantes políticas no presagiaban ninguna paz. Mientras tanto, el líder de los LTTE, Prabhakaran, insistió en conseguir un acuerdo político en el 2006, y amenazó con “intensificar” las medidas si no se conseguía esto. La tensión flotaba en el aire y Sri Lanka se hallaba de nuevo al borde del precipicio. En ambos bandos se produjeron asesinatos, asaltos, secuestros y desapariciones, y los especialistas pronosticaron lo peor.

El final de la guerra

Un alto el fuego esquivo

El camino hacia la paz estuvo marcado por algunos de los episodios más cruentos de toda la guerra civil. A principios del 2006 se firmó otro alto el fuego, pero al medio año el acuerdo ya estaba hecho añicos. Ambas facciones continuaron con importantes operaciones militares en el norte y el este, y una ola de desapariciones y asesinatos en el 2006 y el 2007 provocó que grupos pro derechos humanos y la comunidad internacional criticaran duramente a todos los beligerantes. En agosto, los combates en el noreste eran los más intensos desde el alto el fuego del 2002, y las conversaciones de paz en Ginebra fracasaron de nuevo.

En enero del 2008, el Gobierno rompió oficialmente el acuerdo de alto el fuego al firmar su compromiso de poner fin a 25 años de guerra civil por las armas. Más tarde, ese mismo año, los LTTE ofrecieron un alto el fuego unilateral de 10 días para apoyar la cumbre de la Asociación Surasiática para la Cooperación Regional (SAARC) que se celebraba en agosto en Colombo. El Gobierno, receloso de que los LTTE quisieran ganar tiempo para afianzar sus fuerzas, respondió con un contundente “no”.

Acorralamiento de los LTTE

Debido al creciente número de ataques guerrilleros, el Ejército de Sri Lanka (SLA) se vio obligado a cambiar de estrategia y a combatir fuego con fuego; en agosto ya había penetrado en el último bastión de los LTTE, la zona selvática del Vanni. El Gobierno central pronosticó la caída de la capital de los LTTE, Kilinochchi, a finales del 2008. Humillados tras varias derrotas, los LTTE respondieron con otro ataque suicida en Anuradhapura que causo 27 muertos.

En septiembre del 2008 el Gobierno pidió a agentes de la ONU y a las ONG que abandonaran la región del Vanni porque no podía garantizarles su seguridad. Tal vez fuera verdad, pero su partida impedía a una asediada población tamil el acceso al apoyo humanitario y al cumplimiento de los derechos humanos. La retirada de las ONG y la exclusión de los periodistas independientes de la zona de conflicto hizo (y aún hace) imposible verificar las denuncias formuladas por ambos bandos del fin de la guerra.

El Ejército y los LTTE se atrincheraron en los alrededores de Kilinochchi, la capital del extraoficial estado Tamil Eelam desde 1990, hasta que el SLA salió victorioso en enero del 2009. A ello le siguieron rápidamente las reclamaciones por el control de todo el Vanni, y en febrero, los LTTE habían perdido el 99% del territorio que aún controlaba.

Los avances del Gobierno empujaron a los LTTE y a los 300 000 civiles tamiles que llevaban consigo a una zona cada vez más reducida del noreste, cerca de Mullaittivu. Entre el malestar por el creciente número de víctimas civiles y la preocupación humanitaria por los no combatientes confinados entre dos fuegos, los gobiernos extranjeros y la ONU exigieron un alto el fuego inmediato en febrero del 2009. Las operaciones militares continuaron pero se abrieron rutas de evacuación hacia zonas donde aguardaban medios de transporte que llevaban a centros de asistencia social. Los militares, que aseguraban que los ataques se lanzaban desde las zonas seguras, las bombardearon durante días.

Con denuncias que el SLA bombardeaba a la población civil de las “zonas seguras”, y contrademandas que los LTTE utilizaban a civiles como escudos humanos y les impedían salir de la zona de conflicto, Navi Pillay, alta comisaria de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos acusó a ambos bandos de crímenes de guerra. Pero la comunidad internacional permaneció, en su mayoría, silenciosa.

Un amargo final

En abril, decenas de miles de civiles tamiles junto con combatientes de los LTTE quedaron acorralados en un tramo de playa, donde fueron bombardeados desde todos lados. Los LTTE ofrecieron al Gobierno un alto el fuego unilateral, pero, con el objetivo tan cerca, el secretario de Defensa de Sri Lanka ignoró el mensaje, que interpretó como “una broma”. El Gobierno hizo oídos sordos a los intentos de los diplomáticos suecos, franceses y británicos por incentivar una tregua, pues tenía en su punto de mira la victoria definitiva.

Las tropas del Gobierno por fin atravesaron las líneas de los LTTE y pidieron a los refugiados de guerra atrapados que se trasladaran a zonas seguras. Al parecer, Los LTTE impidieron el paso a muchos de ellos y asesinaron a otros, y a la postre, los refugiados aseguraron que las fuerzas gubernamentales violaron y ejecutaron a muchos de los que se habían rendido.

El fin llegó definitivamente en mayo, cuando el Ejército de Sri Lanka tomó el último reducto de costa y rodeó a los centenares de rebeldes de los LTTE que quedaban. Los LTTE respondieron que habían “silenciado sus armas” y que la “batalla había llegado a su amargo final”. Algunas figuras clave de los LTTE fueron asesinadas, entre ellos su líder Vellupillai Prabhakaran; la guerra que aterrorizó al país durante 26 años por fin había terminado.

Un cambio fulgurante

A la guerra le siguió una rápida entrada de divisas y turistas. La inversión china e india se manifestó enseguida en programas de desarrollo urbano, tales como ampliaciones de puertos y zonas comerciales. A su vez, en el sur, el presidente Rajapaksa se embarcó en mastodónticos planes que implicaban a parientes suyos en la zona de su ciudad natal, Hambantota, donde se construyeron un nuevo puerto, un aeropuerto y numerosas instalaciones públicas a un coste millonario, con frecuencia con cargo a préstamos de China.

Se construyó una red nacional de autopistas y se repararon las infraestructuras del este y el norte. Asimismo, el turismo aumentaba a un ritmo anual del 20%. Esto alentó las inversiones por todo el país: nuevos hoteles, pensiones, cafés, operadores y demás abrieron para satisfacer la nueva demanda. No extraña, pues, que los visitantes que han regresado al país tras el devastador tsunami del 2004 se hayan quedado asombrados ante los cambios.

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