Historia de México

La historia de México siempre es extraordinaria y a veces apenas creíble. ¿Cómo pudo una sofisticada civilización indígena de 2700 años de tradición desmoronarse en dos cortos años en manos de unos centenares de aventureros españoles? ¿Cómo pudo la guerra por la independencia mexicana de España, que duró 11 años, abocar a tres décadas de dictadura de Porfirio Díaz? ¿Cómo pudo la revolución popular que derrocó a la dictadura producir 80 años de gobierno unipartidista? El pasado de México está presente en todas partes y es clave para comprender su actualidad.

Las civilizaciones antiguas

El mapa político del antiguo México cambiaba sin cesar a medida que una ciudad o un pueblo trataban de dominar a otro, y una serie de poderosos estados surgían y caían por invasiones, conflictos internos o desastres naturales. Eran culturas diferentes, pero con aspectos en común. Muchas practicaban sacrificios humanos para apaciguar a sus dioses, observaban el cielo para predecir el futuro y determinar el momento propicio para las cosechas y otros acontecimientos, y tenían una sociedad estratificada, dominada por una clase sacerdotal masculina. El ritual juego de pelota se practicaba en casi todo el país en sus distintas versiones que, al parecer, incluían a dos equipos que trataban de mantener en el aire una pelota de caucho golpeándola con varias partes del cuerpo.

Un marco común divide la era prehispánica en tres períodos principales: Preclásico, antes del 250 d.C.; Clásico, 250-900 d.C.; y Posclásico, 900-1521 d.C. Las culturas más avanzadas de México surgieron principalmente en el centro, sur y este del país. Junto con las tierras mayas de lo que es hoy Guatemala, Belice y una pequeña parte de Honduras, esta zona se conoce colectivamente entre historiadores y arqueólogos como Mesoamérica.

Comienzos

Los habitantes prehispánicos de las Américas llegaron de Siberia, en varias migraciones durante la última glaciación, posiblemente entre el 60 000 y 8000 a.C., cruzando el territorio hoy sumergido bajo el estrecho de Bering. Los primeros mexicanos cazaban animales grandes en los prados de los valles. Cuando aumentaron las temperaturas al final de la última glaciación, los valles dejaron de sustentar la vida animal y obligaron a que los humanos obtuviesen más alimento de las plantas. En el valle de Tehuacán, en el centro de México, y en Yagul, cerca de Oaxaca, se han localizado los comienzos de la agricultura, entre el 8000 y 3000 a.C.

Los olmecas

La cultura madre de México fue la civilización olmeca, surgida en las húmedas llanuras de Veracruz y Tabasco. La evidencia de las esculturas de piedra que dejaron tras de sí indica que los olmecas estuvieron bien organizados y fueron capaces de secundar a artesanos talentosos, pero fueron esclavos de las divinidades. Sus objetos más famosos son las asombrosas cabezas olmecas, esculturas pétreas de hasta 3 m de alto de duros rostros y nariz chata. Los yacimientos olmecas en México central y occidental pudieron ser factorías o fortalezas que garantizaban el suministro de jade, obsidiana y demás lujos de la élite.

El arte, la religión y la sociedad olmeca influyeron hondamente en las culturas mexicanas posteriores. Los dioses olmecas, como la serpiente emplumada, persistieron durante toda la era prehispánica.

Teotihuacán

La primera gran civilización de México central floreció en un valle unos 50 km al noreste del centro de la moderna Ciudad de México. El trazado hipodámico de la ciudad de Teotihuacán se hizo en el s. i d.C. Fue la base de las famosas pirámides del Sol y la Luna, así como de avenidas, palacios y templos que se añadieron durante los 600 años siguientes. La ciudad alcanzó una población de unos 125 000 habitantes, y se convirtió en el centro del mayor imperio mexicano prehispánico que se extendía hasta el moderno El Salvador. Quizá tuviera cierta hegemonía sobre los zapotecas de Oaxaca, cuya capital, Monte Albán, se convirtió en una ciudad magnífica entre el 300 y el 600 d.C., con una arquitectura claramente influida por Teotihuacán. La avanzada civilización –que incluía la escritura y un sistema de calendario con un “año sagrado” de 260 días compuesto de 13 períodos de 20 días– superó con creces su núcleo original.

Teotihuacán terminaría incendiada, saqueada y abandonada en el s. VIII. Pero numerosos dioses de Teotihuacán, como Quetzalcóatl (notable símbolo de fertilidad y vida) y Tláloc (la deidad de la lluvia y el agua), continuaron siendo venerados por los aztecas un milenio después.

La cultura maya clásica

La civilización maya del Período Clásico (250-900 d.C.) fue la más espléndida de la América prehispánica. Floreció desde la península de Yucatán hasta Belice, Guatemala, Honduras y las llanuras de Chiapas (México). Los mayas alcanzaron altos niveles de expresión artística y arquitectónica y de aprendizaje en astronomía, matemáticas y astrología, jamás superados por ninguna otra cultura prehispánica.

Políticamente, la cultura maya clásica se dividía en numerosas ciudades-estado independientes, a menudo en guerra entre sí. La típica ciudad maya era el centro religioso, político y comercial de las aldeas cercanas. El núcleo se centraba en plazas rodeadas de templos piramidales (generalmente tumbas de gobernantes, a quienes consideraban dioses). Unas calzadas de piedra llamadas sacbeob, salían de las plazas y en ocasiones se extendían muchos kilómetros. En la primera mitad del Período Clásico, por lo general se agrupaban en dos alianzas militares flexibles, centradas en Tikal (Guatemala) y Calakmul (en el sur de la península de Yucatán).

Zonas de la cultura maya clásica

Dentro de México, los mayas del Período Clásico se concentraban en cuatro zonas principales. Calakmul se halla en una zona hoy remota llamada Río Bec, cuyas ruinas son generalmente edificios bajos y alargados, decorados con máscaras de monstruos o serpientes y con torres en las esquinas. La segunda zona es Chenes, en el noreste del estado de Campeche; la arquitectura es similar, exceptuando las torres. La tercera fue la zona de Puuc, al sur de Mérida, caracterizada por edificios de intrincados mosaicos de piedra que a menudo incorporaban caras del dios de la lluvia Chac, de nariz ganchuda. La ciudad más importante de Puuc fue Uxmal. La cuarta zona fue la llanura de Chiapas, con las ciudades de Palenque (para muchos la más hermosa de los emplazamientos mayas), Yaxchilán y Toniná.

El colapso de la cultura maya clásica

En la segunda mitad del s. VIII aumentaron los conflictos entre las ciudades-estado mayas y, a principios del s. X, los varios millones de habitantes del floreciente centro maya de Chiapas, la región de Petén de Guatemala y Belice habían desaparecido prácticamente. La era clásica tocaba a su fin. Se cree que una serie de sequías y la presión demográfica produjeron este cataclismo. Muchos mayas emigraron probablemente a la península de Yucatán o al altiplano de Chiapas, donde sus descendientes viven todavía. La selva creció y engulló las ciudades de las tierras bajas.

Los toltecas

En el centro de México y durante siglos tras el declive de Teotihuacán, el poder se dividía entre diversas ciudades importantes en el ámbito local, entre ellas, Xochicalco, el sur de Ciudad de México, Cacaxtla y Cantona al este, y Tula al norte. El culto a Quetzalcóatl siguió siendo común, la sociedad se militarizó más en algunos sitios y es posible que los sacrificios humanos en masa empezasen aquí en este período. El culto a Quetzalcóatl y los sacrificios a gran escala alcanzaron la península de Yucatán, donde son muy evidentes en la ciudad de Chichén Itzá.

La cultura del centro de México a comienzos del Período Posclásico suele conocerse con el nombre de “tolteca” (artífice), nombre acuñado por los últimos aztecas, que miraban con asombro a los gobernantes toltecas.

Los aztecas

Las leyendas aztecas narraban que eran el pueblo elegido del dios colibrí Huitzilopochtli. En origen nómadas de algún lugar del oeste o norte de México, fueron conducidos por sus sacerdotes al valle de México, la actual Ciudad de México, donde se asentaron en las islas de los lagos del valle. En el s. XV, los aztecas (también conocidos como mexicas) lucharon por convertirse en el grupo más poderoso del valle, con capital en Tenochtitlán (el actual centro de Ciudad de México).

Los aztecas formaron la Triple Alianza con dos estados del valle, Texcoco y Tlacopan, para declarar la guerra a Tlaxcala y Huejotzingo, al este del valle. Los prisioneros que capturaron fueron pasto del voraz Huitzilopochtli, que exigía el sacrificio de guerreros para que el sol saliera todos los días.

La Triple Alianza sometió a control gran parte de México central, de la costa del Golfo al Pacífico. Fue este un imperio de 38 provincias y unos cinco millones de habitantes, cuyo objetivo era obtener tributos de recursos ausentes en el interior: artículos como jade, turquesas, algodón, tabaco, caucho, fruta, verdura, cacao y pieles preciosas, todo necesario para glorificar a la élite azteca y apoyar su estado bélico.

La sociedad azteca

Tenochtitlán y la ciudad azteca vecina de Tlatelolco llegaron a tener más de 200 000 habitantes. El valle de México alojó a más de un millón de personas. Vivían gracias a métodos agrícolas intensivos basados en la irrigación, el cultivo en terrazas y la regeneración de pantanos.

El emperador azteca tenía poder absoluto. Los sacerdotes realizaban ciclos de grandes ceremonias, que solían incluir sacrificios y danzas de máscaras o la representación de mitos en procesiones. Por lo general, los líderes militares eran soldados profesionales de élite conocidos como tecuhtlis. Otro grupo especial eran los pochtecas, mercaderes militarizados que ayudaban a ampliar el imperio, traían bienes a la capital y organizaban grandes mercados diarios en las ciudades importantes. En la base de la sociedad estaban los peones (pobres que podían venderse a sí mismos por un período concreto), los siervos y los esclavos.

Otras culturas posclásicas

En vísperas de la Conquista, todas las culturas mexicanas se caracterizaban por la centralización política y la división de clases, y muchas personas se ocupaban de tareas especializadas, sacerdotes profesionales incluidos. La agricultura era productiva, pese a la falta de animales de tiro, herramientas metálicas y la rueda. Las tortillas de maíz, el pozol y los frijoles eran alimentos básicos, y se cultivaban calabazas, tomates, chiles, aguacates, cacahuetes, papayas y piñas en varias regiones. Los alimentos de lujo para la élite eran el pavo, el perro doméstico, la caza y las bebidas de chocolate. La guerra era algo habitual, a menudo conectada con la necesidad de suministrar prisioneros como sacrificio a los dioses.

En el Período Posclásico emergieron culturas regionales importantes:

Michoacán

Los tarascos, hábiles artesanos y joyeros, gobernaban Michoacán desde su base alrededor del lago de Pátzcuaro. Fue uno de los grupos que logró librarse de la conquista azteca.

Oaxaca

Después de 1200, los zapotecas vivían cada vez más subyugados por los mixtecas, diestros orfebres y ceramistas del altiplano fronterizo de Oaxaca y Puebla. Gran parte de Oaxaca sucumbió a los aztecas en los ss. XV y XVI.

Península de Yucatán

La ciudad maya abandonada de Chichén Itzá fue ocupada nuevamente hacia el 1000 d.C. y se convirtió en una de las más magníficas del México antiguo, fundiendo los estilos mayas con los del centro de México (toltecas). La ciudad de Mayapán dominó casi todo Yucatán tras el declive de Chichén Itzá hacia 1200. El yugo de Mayapán se disolvió desde 1440 más o menos, y Yucatán fue tierra de disputas para muchas ciudades-estado.

La llegada de los españoles

La antigua civilización mexicana, con una historia de casi 3000 años, fue arrasada en dos años por un grupo de invasores que destruyó el Imperio azteca, impuso una nueva religión y relegó a los nativos a la condición de ciudadanos de segunda clase y esclavos. Tan extraños eran los recién llegados para los mexicanos indígenas, y viceversa, que todos dudaban de la condición humana del otro (el papa Paulo III declaró humanos a los mexicanos indígenas en 1537). De su traumático encuentro nació el México moderno. La mayoría de los mexicanos actuales son mestizos, de sangre mixta india y europea y, por ende, descendientes de ambas culturas.

El origen español

En 1492, el año en que Cristóbal Colón llegó al Caribe, España era un Estado en fuerte expansión tras su reciente Reconquista de 700 años, durante la cual los ejércitos cristianos recuperaron gradualmente el territorio español de dominio islámico. Con su mezcla de fiereza y coraje, ansia de oro y piedad, los conquistadores españoles de las Américas eran los sucesores naturales de los cruzados de la Reconquista.

En busca de nuevas rutas comerciales occidentales hacia el Oriente rico en especias, los exploradores y soldados españoles desembarcaron primero en el Caribe, fundando colonias en las islas de La Española y Cuba. Después empezaron a buscar un paso por la masa terrestre hacia el oeste, y pronto sucumbieron encandilados por los relatos de oro, plata y el próspero imperio que allí había. El gobernador de España en Cuba, Diego Velázquez, pidió a un colono llamado Hernán Cortés que guiase una expedición al oeste. Mientras Cortés reunía barcos y hombres, Velázquez empezó a recelar de los costes y su lealtad, e intentó cancelar la expedición. Pero Cortés, que intuía la oportunidad de su vida, zarpó el 15 de febrero de 1519 con 11 barcos, 550 hombres y 16 caballos.

La Conquista

La expedición de Cortés desembarcó primero en la isla de Cozumel y luego navegó por la costa de Tabasco. Derrotó a los nativos hostiles en la batalla de Centla, cerca de la actual Frontera, donde el enemigo huyó aterrorizado por los jinetes españoles al creer que caballo y jinete eran una sola y temible bestia. Más tarde, los nativos entregaron a Cortés 20 mujeres jóvenes, entre ellas doña Marina (la Malinche), que se convirtió en su indispensable intérprete, ayudante y amante.

Algunas ciudades de la costa del Golfo descontentas con el dominio azteca, como Zempoala, dieron la bienvenida a los españoles. Y mientras estos avanzaban tierra adentro hacia Tenochtitlán, se aliaron con los enemigos históricos de los aztecas, los tlaxcaltecas.

Las leyendas y supersticiones aztecas, así como la indecisión del emperador Moctezuma II Xocoyotzin, redundaron en beneficio de los españoles. Según el calendario azteca, en 1519 Quetzalcóatl volvería de su destierro en el Este. ¿Y si Cortés era Quetzalcóatl? Proliferaron los augurios: un rayo alcanzó un templo, un cometa cruzó el cielo nocturno y llevaron un ave “con un espejo en la cabeza” a Moctezuma, que vio guerreros en él.

La toma de Tenochtitlán

Los españoles, con 6000 aliados indios, fueron invitados a entrar en Tenochtitlán el 8 de noviembre de 1519. Los nobles aztecas llevaron a Moctezuma al encuentro con Cortés en un lecho con un dosel de plumas y oro, y los españoles fueron alojados, como corresponde a los dioses, en el palacio del padre de Moctezuma, Axayácatl.

Entretenidos con tantos faustos, los españoles estaban atrapados. Tomaron como rehén a Moctezuma, quien, creyendo que Cortés era un dios, dijo a su pueblo que marchaba por voluntad propia, pero crecieron las tensiones en la ciudad. Al final, tras seis o siete meses, un grupo de españoles asesinó a unos 200 nobles aztecas en un pretendido ataque preventivo. Cortés convenció a Moctezuma para que tratase de apaciguar a su gente. Según una versión, el emperador quiso dirigirse a la multitud desde el tejado del palacio de Axayácatl, pero fue asesinado con proyectiles; según otras versiones, los españoles fueron sus verdugos.

Los españoles huyeron, perdiendo varios cientos de los suyos y miles de aliados indios en lo que se conoce como la Noche Triste. Se retiraron a Tlaxcala, donde construyeron barcos por piezas y cruzaron con ellos las montañas para atacar Tenochtitlán desde los lagos circundantes. Los 900 españoles entraron de nuevo en el valle de México en 1521, acompañados de unos 100 000 aliados nativos. Los defensores opusieron una resistencia feroz, pero tres meses después, la ciudad había sido arrasada y el nuevo emperador, Cuauhtémoc, era prisionero. Este pidió a Cortés que lo matase, pero lo mantuvieron como rehén hasta 1525. Ocasionalmente, los españoles intentaban que confesara el paradero del tesoro azteca.

El virreinato de México

La corona española veía en México y sus otras conquistas americanas una especie de vaca de plata a la que ordeñar para financiar sus interminables guerras en Europa, una vida de lujo para la nobleza y un aluvión de nuevas iglesias, palacios y monasterios que se construyeron por toda España. La Corona tenía derecho a una quinta parte de los lingotes enviados desde el Nuevo Mundo (el quinto real). Para conquistadores y colonos, el imperio americano era una oportunidad de lucrarse. Cortés concedía a sus soldados encomiendas, por las cuales se les atribuía autoridad sobre un grupo de indios. España imponía su autoridad mediante virreyes, los representantes personales de la corona en México.

Las poblaciones conquistadas por la Nueva España –como los españoles se referían a la colonia mexicana– mermaron desastrosamente, sobre todo por las nuevas enfermedades introducidas por los invasores. Los únicos aliados de los indios fueron algunos de los monjes que empezaron a llegar en 1523. Aunque la obra misionera de los monjes ayudó a ampliar el control español sobre México –en 1560 ya habían convertido a millones de indios y construido más de 100 conventos–, muchos de ellos también los protegieron de los peores excesos coloniales.

El norte de México siguió fuera del dominio español hasta que grandes hallazgos de plata en Zacatecas, Guanajuato y otros lugares canalizaron los esfuerzos por someter el territorio. Los misioneros y unos cuantos colonos ampliaron poco a poco las fronteras del norte, y a comienzos del s. XIX la Nueva España incluía gran parte de los modernos estados norteamericanos de Texas, Nuevo México, Arizona, California, Utah y Colorado.

La sociedad virreinal

La posición de una persona en la sociedad virreinal de México dependía del color de su piel, linaje y lugar de nacimiento. Por encima de estos tres rasgos, y por muy humildes que fueran sus orígenes en España, estaban los colonos nacidos en España. Conocidos como peninsulares, eran una minúscula parte de la población del virreinato de Nueva España, pero eran considerados nobles.

Los siguientes en la escala eran los criollos, de descendencia española nacidos en la colonia. Con el paso de las décadas, los criollos desarrollaron poco a poco una identidad distinta y algunos llegaron a poseer enormes haciendas y a amasar fortunas procedentes de la minería, el comercio o la agricultura. No es de extrañar que los criollos anhelasen poder político acorde con su riqueza y empezaran a recelar de las autoridades españolas.

Por debajo de los criollos estaban los mestizos y, en lo más bajo de la escala, los indios y los esclavos africanos. Si bien los pobres eran remunerados por su trabajo en el s. XVIII, las sumas percibidas eran ridículas. Muchos eran peones (jornaleros ligados por deuda a sus patrones) y los indios debían pagar tributos a la Corona.

La estratificación social sigue un modelo similar en el México actual, donde los descendientes de españoles de “pura sangre” figuran en lo alto de la pirámide, los mestizos en el medio y los indios en la base.

La República de México

El descontento criollo con el dominio español se aguzó tras la expulsión de los jesuitas (muchos de ellos criollos) del Imperio español en 1767. El detonante llegó cuando, en 1808, Napoleón Bonaparte ocupó España y el control directo de los españoles sobre la Nueva España se evaporó. La ciudad de Querétaro se convirtió en un semillero de intrigas donde los criollos urdían la rebelión contra el dominio español. Esta se desencadenó el 16 de septiembre de 1810 de manos del padre Miguel Hidalgo en su parroquia de Dolores (hoy Dolores Hidalgo). La senda a la independencia duró casi 11 años de luchas entre rebeldes y fuerzas del régimen, y se cobró la muerte de Hidalgo y otros líderes rebeldes. Al final, en 1821, el general rebelde Agustín de Iturbide se sentó a negociar los términos de la independencia de México con el virrey español Juan O’Donojú en Córdoba.

El primer siglo de México como nación libre empezó con un período de inestabilidad política y terminó con un período de estabilidad tan represora que generó una revuelta. El hilo conductor constante era la oposición entre liberales, que abogaban por medidas de reforma social, y los conservadores, que se oponían a ellas. Entre 1821 y mediados de los años 1860, la joven nación mexicana fue invadida por tres países distintos (España, EE UU y Francia), tuvo que ceder gran parte de su territorio a EE UU y sufrió casi 50 cambios en la jefatura de Estado.

Juárez y Díaz

Fue un indígena zapoteca de Oaxaca quien desempeñó la función más importante en los asuntos mexicanos durante dos tumultuosas décadas de mediados de siglo. El abogado Benito Juárez era un miembro importante del nuevo Gobierno liberal de 1855, que marcaría el inicio de la época conocida como la Reforma, durante la cual los liberales se propusieron desmantelar el Estado conservador que se había desarrollado en México. Juárez fue nombrado presidente en 1861. Con la intervención francesa casi inmediatamente después de su elección, el Gobierno de Juárez fue forzado al exilio en el México de provincias y no retomó el control hasta 1866. Juárez fijó una agenda de reformas económicas y sociales. La escolarización era obligatoria, se construyó el ferrocarril entre Ciudad de México y Veracruz, y se organizó una policía rural, los “rurales”, para garantizar el transporte de carga en el país. Juárez murió en 1872 y es una de las pocas figuras históricas mexicanas con una reputación intachable.

Otro oaxaqueño, Porfirio Díaz, gobernó como presidente durante 31 de los 39 años siguientes, el período conocido como el porfiriato. Díaz llevó a México a la era industrial, instalando líneas de teléfono y telégrafo y el ferrocarril, además de crear proyectos de obras públicas. Mantuvo a México al margen de guerras civiles, pero prohibió la oposición política, las elecciones libres y la libertad de prensa. Los campesinos fueron desposeídos de sus tierras con nuevas leyes, los trabajadores sufrían condiciones atroces y el suelo y la riqueza se concentraron en manos de una pequeña minoría. Todo ello abocó, en 1910, a la Revolución mexicana.

La Revolución mexicana

La Revolución fue un período de 10 años de conflictos y adhesiones entre fuerzas y líderes de todos los tintes políticos. Los conservadores fueron descartados bastante pronto, pero los reformistas y revolucionarios que se habían unido contra ellos no se ponían de acuerdo. Los sucesivos intentos de crear Gobiernos estables se vieron frustrados por nuevos estallidos de luchas devastadoras. En total, uno de cada ocho mexicanos perdió la vida.

Francisco Madero, adinerado liberal de Coahuila, habría ganado las elecciones presidenciales de 1910 si Porfirio Díaz no lo hubiera encarcelado. Tras su liberación, Madero llamó a la revuelta; levantamiento que se extendió por todo el país. Díaz dimitió en mayo de 1911 y Madero fue elegido presidente seis meses después. Pero Madero no podía contener las facciones que luchaban por el poder en el país. La división principal era entre reformadores liberales y líderes más radicales como Emiliano Zapata, que luchaba para que las tierras de las haciendas fuesen transferidas a los campesinos.

En 1913, Madero fue depuesto y ejecutado por uno de sus generales, Victoriano Huerta. Liberales y radicales se unieron (temporalmente) para derrotar a Huerta. En el norte, tres líderes importantes se alinearon en virtud del Plan de Guadalupe: Venustiano Carranza, partidario de Madero, en Coahuila; Pancho Villa, en Chihuahua; y Álvaro Obregón, en Sonora. Zapata también luchó contra Huerta.

Pero de nuevo se produjeron enfrentamientos entre las facciones victoriosas: Carranza y Obregón (los “constitucionalistas”, con capital en Veracruz) se opusieron al radical Zapata y al populista Villa. Zapata y Villa nunca formaron una alianza seria, y fue Carranza quien salió victorioso. Mandó asesinar a Zapata en 1919, pero fue eliminado al año siguiente por orden de su antiguo aliado Obregón. Pancho Villa fue asesinado en 1923.

La democracia unipartidista de México

De 1920 al 2000, en México gobernaron los reformistas que salieron victoriosos de la Revolución y sus sucesores, con el partido político que crearon y que desde los años 1940 lleva el nombre de Partido Revolucionario Institucional o PRI. Estos Gobiernos, caracterizados por unas primeras políticas genuinamente radicales, se hicieron poco a poco más conservadores, corruptos, represores e interesados. Al terminar el s. XX, México tenía una clase media más numerosa, pero el abismo entre los pocos ricos y los muchos pobres seguía siendo enorme.

Entre los años veinte y sesenta se distribuyeron más de 400 000 km² de tierras de grandes haciendas entre campesinos y pequeños granjeros. Casi la mitad de la población recibió tierras, sobre todo en forma de ejidos.

Entretanto, México desarrolló una inquietante dependencia económica de sus reservas petroleras. En las décadas de 1970 y 1980, el país viró del boom del petróleo a la crisis del crudo. El gigante del petróleo estatal, la compañía Pemex, solo era una cara del masivo proyecto de control económico que el PRI había creado para dominar todas las facetas importantes de la vida mexicana.

El declive del PRI

El PRI logró el eterno descrédito de muchos mexicanos con la matanza de Tlatelolco de 1968, en la que se calcula que 400 manifestantes por las libertades civiles fueron asesinados a tiros. El PRI comenzó a depender cada vez más de tácticas represivas y del fraude.

El cinismo de los mexicanos con sus dirigentes alcanzó el máximo nivel durante la presidencia de 1988-1994 de Carlos Salinas de Gortari, el cual ganó las elecciones después de un ‘misterioso’ fallo informático. Durante su mandato, el narcotráfico a través de México, en alza desde que a principios de los ochenta los traficantes colombianos trasladasen sus rutas desde el Caribe, se convirtió en un negocio boyante y proliferaron los asesinatos. Salinas tomó algunas medidas para liberalizar la monolítica economía dominada por el Estado. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) estimuló las exportaciones y la industria, pero fue impopular entre los agricultores y los pequeños negocios. En 1994, el último año de la presidencia de Salinas, los zapatistas se sublevaron en Chiapas. Poco antes de dejar su cargo, Salinas derrochó casi todas las reservas de divisas de México en un intento fútil de apoyar el peso, produciendo una crisis que dejó en herencia a su sucesor, Ernesto Zedillo.

Zedillo también tuvo que afrontar el creciente clamor por un cambio democrático en México. Estableció un nuevo sistema electoral supervisado por personas independientes, abriendo así el camino para que su propio partido perdiese las elecciones presidenciales del 2000, que ganó Vicente Fox del Partido Acción Nacional (PAN).

Gobierno del PAN

La elección de Vicente Fox por un mandato de seis años fue una gran noticia. Fox asumió el cargo respaldado por muy buenas intenciones. Sin una mayoría en el Congreso, fue incapaz de aprobar reformas que según él eran la clave para sacar al país de una economía estancada.

En el 2006, otro presidente el PAN, Felipe Calderón, sucedió a Fox. Durante el mandato de Calderón, la economía se recuperó con una rapidez asombrosa de la recesión del 2009, y México se erigió en un modelo medioambiental mundial cuando fijó por ley sus objetivos para las emisiones de carbono en el 2012. Pero Calderón será más recordado por su guerra contra las drogas.

La guerra contra las drogas

Los presidentes Zedillo y Fox ya habían desplegado al Ejército contra el negocio multimillonario del transporte de drogas a EE UU, pero sin llegar a frenar su violencia y poder de corrupción. En el 2006, más de 2000 personas ya morían al año principalmente por la violencia de las brutales luchas entre bandas rivales.

Calderón declaró la guerra a los cárteles de la droga y movilizó para ello a 50 000 soldados y a fuerzas navales y policiales, predominantemente en ciudades fronterizas con EE UU. Algunos jefes de bandas fueron asesinados o detenidos, y las incautaciones de drogas alcanzaron cotas históricas, al igual que las muertes, estimadas en 60 000 en los seis años de presidencia de Calderón. Los métodos de las bandas se volvieron aún más brutales, produciéndose tiroteos en las calles, decapitaciones y torturas. En el norte, Ciudad Juárez pasó a ser la capital del crimen mundial. En las ciudades de Monterrey, Nuevo Laredo, Acapulco y Veracruz la violencia aumentó cuando estallaron las luchas internas locales. Cuando el número de asesinatos comenzó a caer al final de la presidencia de Calderón, muchos pensaron que se debía sencillamente a que las dos bandas más poderosas –el cártel de Sinaloa, en el noroeste de México, y los Zetas en el noreste– ya habían aniquilado a todos sus rivales más débiles.

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